Pasar al contenido principal

1-abr.-2026, Miércoles Santo

MiércolesSanto.jpeg

Mirando a Jesús en su pasión, vemos como en un espejo también el sufrimiento de toda la humanidad y encontramos la respuesta divina al misterio del mal, del dolor

Al amanecer de este día primero de nuestro mes de abril, te damos gracias porque caminarás a nuestro lado, y nos mostrarás las sendas de amor que hemos de recorrer. Con mucho optimismo y esperanza nos acogemos a tu amor y misericordia. 

Ahora nos ponemos en tus manos e iniciamos nuestro tercer día de pasión. Señor, no rechazaste este sufrimiento y profundo dolor de entrega por nosotros. Hoy te pedimos que, en la hora de las pruebas, por las que nosotros tenemos que pasar, no permitas que seamos rebeldes, sino mantennos confiando en ti, ya que tú nos salvaste por tu entrega generosa. Que nosotros, discípulos tuyos, comamos tu pan de amor y fortaleza y bebamos este vino de alegría, para que nuestra confianza en ti no se desvanezca nunca y para que nos amemos unos a otros en días de alegría y en tiempo de dolor. Te pedimos que nos ayudes a tener la fortaleza necesaria para no caer en la tentación de traicionar a nuestros verdaderos amigos. Señor, bendícenos en este día y llénanos de tu alegría, de tu gozo, de tu esperanza. Pero, ante todo, pon en nuestros corazones confianza en ti. Amén. 

Un bendecido miércoles santo.

Palabra del Papa

Este acto dramático marca el inicio de la Pasión de Cristo, un doloroso camino que Él elige con libertad absoluta. Él mismo lo dice claramente: «Yo doy mi vida. Nadie me la quita: la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y el poder de recobrarla». Y así comienza el camino de la humillación, del despojo, con esta traición. Es como si Jesús estuviera en el mercado. ‘Este cuesta treinta denarios’. Y Jesús recorre este camino de la humillación y del despojo hasta el final. Jesús alcanza la humillación completa con la «muerte en la cruz». Se trata de la peor de las muertes, la destinada a los esclavos y a los delincuentes. Jesús era considerado un profeta, pero muere como un delincuente. Mirando a Jesús en su pasión, vemos como en un espejo también el sufrimiento de toda la humanidad y encontramos la respuesta divina al misterio del mal, del dolor, de la muerte […] Esta semana nos hará bien a todos nosotros mirar el crucifijo, besar las llagas de Jesús, besarlas en el crucifijo. Él ha tomado sobre sí el sufrimiento humano, se ha endosado todo ese sufrimiento. (Audiencia general, S.S. Francisco, 16 de abril de 2014).

Oración https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-1-de-abril-de-2026 

En la oración de este miércoles santo quiero pensar en la traición de Judas. Y me horroriza lo que dice el evangelio: “Uno de los doce”. Uno que había comido y bebido contigo tantas veces. Uno que había escuchado de tus labios las palabras más dulces, más bondadosas, más misericordiosas. Y ahora te vende y te traiciona tan mezquinamente. Me pongo a temblar al pensar que también yo, a pesar de ser discípulo tuyo toda la vida, puedo acabar mal. ¡No lo permitas, Señor!

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-1-de-abril-de-2026 

A los evangelistas les debió costar mucho el poner en el evangelio que aquel que traicionó a Jesús era “uno de los doce”. A pesar de ir en contra de “su grupo” lo pusieron. Es cierto que el “colegio apostólico” quedó manchado con ese pecado de traición, pero no quisieron ocultarlo ni taparlo. Que sirva de ejemplo para las comunidades cristianas posteriores. Una lección que nos está dando el Papa Francisco todos los días. Dentro de la Iglesia hay traidores que venden a Jesús a precio de dinero, de poder o de búsqueda de privilegios o dignidades.

¿Cuánto me queréis dar? Judas ni siquiera pone precio. El precio lo ponen los compradores. Jesús en el mercado vale muy poco. Y sin embargo nosotros para él valemos mucho. “No nos ha comprado con oro ni plata sino con su preciosa sangre”. (I Pedro 1,19). Dios nos ha hecho libres y sabía bien a qué se arriesgaba. Y, sin embargo, prefirió ir a la cruz, antes de cercenar nuestra libertad. Si tanto valora Dios nuestra libertad que nos deja libres para hacer el mal, ¿hemos pensado en la alegría que podemos dar a Dios haciendo el bien libremente, porque queremos, porque nos gusta, porque nos apetece, porque nos encanta el agradarle? Jesús hacía uso de su libertad de esta manera: “hago siempre lo que le agrada al Padre”. (Juan 8,29).