Último día de esta semana laboral que nos has regalado, Señor, y no podemos decir más que ¡gracias! Gracias por la vida, la salud, la familia, nuestras actividades y las personas con las que pudimos compartir este tiempo.
En algunos días estuvimos como el paralitico y fueron nuestros días difíciles y un poco complicados, pero siempre tuvimos la seguridad que Tú llevabas nuestra camilla. Al igual que el paralítico puede caminar, ponerse de pie y moverse como una persona que recibe perdón y que puede alzarse de la parálisis del pecado. ¿No podríamos nosotros también dar “señales” de que Tú estás vivo en nosotros a la gente que nos rodea? Y que, así como nos sacas de nuestras parálisis, alzamos eficazmente las camillas de nuestros hermanos y nos llenamos de fe, para saber que Tú también los levantas a ellos. Sabemos que no todo es fácil y que muchas veces nuestra esperanza de ayuda, para llegar a Ti, tiene que pasar por los obstáculos de subir al techo y descolgar a nuestros hermanos para que lleguen a Ti. Danos la fortaleza y la fe para no desfallecer ni desanimarnos ante las dificultades, porque cuando nos acercamos confiadamente a Ti, desaparecen los fardos pesados de las angustias y desesperanzas y todo se hace ligero. En Ti está puesta nuestra confianza. A Ti la gloria y la alabanza Señor. Te glorificamos y te damos gracias. Amén.
Nuestra Madre Santísima nos llene de su bondad y su ternura y siga intercediendo por nosotros. Un muy santificado y esperanzador viernes para todos.
PALABRAS DE LOS PAPAS
¡Qué maravilloso ejemplo de sanación! La acción de Cristo es una respuesta directa a la fe de esas personas, a la esperanza que depositan en Él, al amor que demuestran tener los unos por los otros. Y por tanto Jesús sana, pero no sana simplemente la parálisis, sana todo, perdona los pecados, renueva la vida del paralítico y de sus amigos. Hace nacer de nuevo, digamos así. Una sanación física y espiritual, todo junto, fruto de un encuentro personal y social. Imaginamos cómo esta amistad, y la fe de todos los presentes en esa casa, hayan crecido gracias al gesto de Jesús. ¡El encuentro sanador con Jesús! Y entonces nos preguntamos: ¿de qué modo podemos ayudar a sanar nuestro mundo, hoy? Como discípulos del Señor Jesús, que es médico de las almas y de los cuerpos, estamos llamados a continuar «su obra de curación y de salvación» (CIC, 1421) en sentido físico, social y espiritual. (Francisco, Audiencia general, 5 de agosto de 2020)
ORACIÓN
Jesús, Divino Maestro, hoy quiero presentarte todas mis parálisis interiores, esas que a veces me impiden avanzar, confiar y creer plenamente. Tú conoces mis pensamientos más ocultos, lees con claridad aquello que pesa en mi corazón y, aun así, no te escandalizas; al contrario, tu mirada se posa sobre mí con misericordia y esperanza. Amén.
Reflexión del Evangelio (Juan Lara, Miembro De Vivir En Cristo)
La primera enseñanza que nos deja esto es que la verdadera fe es creativa y persistente. Ellos no se detienen ante ningún obstáculo. A veces en nuestra realidad, necesitamos de esos amigos que nos animen cuando no podemos caminar solos o ser nosotros ese amigo dispuesto a abrir techos para buscar ese encuentro con el Señor, sin importar las dificultades que se nos puedan presentar.
Es también importante darnos cuenta [de] que Jesús, antes de sanar al paralítico, le dice: ‘hijo, tus pecados te son perdonados’. Jesús, antes de la sanidad física, va directo a la raíz del problema. Muchas veces vamos con Dios buscando soluciones rápidas para cosas externas —salud, dinero o trabajo—, pero nos olvidamos que nuestra verdadera parálisis suele estar en el interior: el rencor, la culpa o la falta de paz son los que nos impiden avanzar. Jesús nos demuestra que la sanidad completa empieza de adentro hacia afuera. De nada sirve caminar si el alma sigue atada y herida por el pecado.
Finalmente, Jesús demuestra su autoridad con una orden clara: ‘levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. Yo creo que hoy el Señor nos dice lo mismo a nosotros. No importa cuánto tiempo lleves paralizado o estancado en una situación de pecado, su Palabra tiene el poder de ponerte en pie. No te quedes acostado en la camilla de tus quejas o de tus errores pasados. Reconoce primero lo que te paraliza y acércate a su misericordia.
Cuando recibimos su perdón somos capaces de cargar con aquello que antes nos cargaba a nosotros y empezamos a vivir con una libertad que solo Dios nos puede dar. Identifica esas parálisis que no te dejan avanzar: un mal hábito, el temor, esa situación de pecado recurrente. No intentes caminar solo, pide ayuda a esos hermanos en la fe que pueden cargar tu camilla y te pueden acercar a Jesús: el sacerdote, tu director espiritual, uno de tus hermanos mayores en la fe.

