Buena mañana y momento para agradecer a Dios todas sus bondades y Misericordias: el don de la vida, de la salud y de un alegre despertar que ojalá sea en Alegría y felicidad.
Te damos gracias por tu palabra y por sembrar en nuestras mentes y corazones las semillas de la fe. Abre nuestros oídos a tu palabra para que vaya creciendo en nosotros con mezcla de sacrificio, esfuerzo y alegría.
Que tu palabra esté cada vez más profunda en nuestros corazones y dé frutos de justicia y amor, de servicio y fraternidad. Tú has querido que la principal semilla sembrada sea la de la fe. Ahora es nuestra tarea acogerla, vivirla, hacerla crecer, multiplicarla, para que llegue a los corazones de nuestros hermanos. No permitas que en ningún momento esta semilla sufra resequedad y, por el contrario, permite que la tierra buena y abonada de esperanza y caridad, haga dar frutos abundantes y generosos. Nos acogemos a tu amor y misericordia y sobre todo a tu presencia en la vida de cada uno de nosotros. Para que podamos realizar lo que nos conviene y sea de tu agrado. Amén.
Un muy feliz y esperanzador sábado vivido en armonía y productividad generosa.
Palabra del Papa
Para hablar de salvación, se recuerda aquí la experiencia de cada año que se renueva en el mundo agrícola: el momento difícil y fatigoso de la siembra, y la alegría tremenda de la recogida. Una siembra que se acompaña con las lágrimas, porque se tira lo que todavía se podría convertir en pan, exponiéndose a una espera llena de inseguridades: el campesino trabaja, prepara el terreno, esparce la semilla, pero, como tan bien ilustra la parábola del sembrador, no sabe dónde caerá esta semilla, si los pájaros se la comerán, si se echará raíces, si se convertirá en espiga. Esparcir la semilla es un gesto de confianza y de esperanza; es necesario el trabajo del hombre, pero luego se entra en una espera impotente, sabiendo que muchos factores serán determinantes para el buen resultado de la recogida y que el riesgo de un fracaso está siempre presente. […] En la cosecha todo se transforma, el llanto termina, deja su lugar a gritos de alegría exultante (Benedicto XVI, 13 de octubre de 2011).
