Iniciar nuestras labores cotidianas contemplando un nuevo amanecer es sentir felicidad en nuestras vidas por el más hermoso regalo: el don de la vida. Permítenos iniciar el día dándote gracias y poniéndonos en tus manos.
Gracias por darnos como regalo especial a san Juan María Vianney como santo patrón de los párrocos. Danos a todos los sacerdotes el celo, la sabiduría y el corazón compasivo de este hombre humilde que se olvida de sí mismo. Que sobresalgamos en entrega, bondad y santidad. Y danos brazos siempre cálidos y abiertos para acoger y abrazar a todos, especialmente a los que viven en soledad, incertidumbre y desesperanza. Que nuestros humildes y sencillos consejos sirvan a nuestros hermanos para levantar los ánimos y obtener las fuerzas necesarias para seguir adelante. Permítenos en este día sentir y dar el calor humano de nuestras manos, que se dan para levantar, palabras que animen y llenen de optimismo y una fe inmensa para seguir confiando en ti.
No permitas que cerremos los ojos del corazón ante las cosas sencillas y los aconteceres de nuestro diario vivir y que nos hablan de ti. Ayúdanos para que la grandeza de nuestra fe sea como la de la mujer Cananea y que podamos escuchar tus palabras: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”. Bendícenos, guárdanos y guíanos por tus caminos. Amén.
