Mañana radiante y esplendorosa, llena de fe y esperanza, la que nos regalas en este día. Un día más de descanso, una semana que la iniciaremos laboralmente mañana, pero una semana que hoy se inicia con este día descanso que nos regalas. Gracias por tu bondad y tu misericordia, pero ante todo gracias por tu compañía. Hoy en tu palabra te muestras curando a dos mujeres. Sus historias son distintas, pero se cruzan ante tu poder curativo. La primera de ellas, una joven de buena familia cuyo futuro se quiebra por una muerte absurda en la plena flor de su vida, la otra, mayor y marginada por impura, pierde su salud a borbotones a causa de una hemorragia incurable. Aparentemente entre ellas nada hay en común, salvo la necesidad de ser rescatadas para la vida por alguien con poder de conseguirlo. En ambos encuentros, evitas el protagonismo. La iniciativa corresponde, en el caso de la joven a un gesto atrevido de su padre, que mendiga tu intervención (fe pedida). La mujer mayor, por su parte, toma ella sola la determinación de “hurtarte” un milagro tocando los flecos de tu manto (fe ansiada).
Ahora te tratamos de entender y comprender tus palabras, viendo una luz que también nosotros necesitamos. La historia de estas dos mujeres puede ser nuestra propia historia. Tú te has dejado alcanzar por ambas. No les haces preguntas verificadoras; no te fijas en sus motivaciones. No pones objeción a su inmediata intervención; no miras las apariencias, sino que tu mirada tiene el olor inconfundible del amor. Te conmueves ante el dolor y reaccionas ante la enfermedad y la muerte. El padre de la joven y la mujer sangrante. Son un poco osados para llamar tu atención. Un miedoso o un altivo jamás se atreverían a romper con su imagen social, para ponerse al alcance de tu bondad como lo hace el padre de la joven; él se humilla ante Ti. La mujer enferma, vive un momento de sorpresa y desconcierto. Tus palabras son tranquilizadoras: “tu fe te ha salvado”. Y tomas a la niña dormida de la mano. Evitas destacar la autoría del milagro, para resaltar el valor de aquella fe capaz de lo imposible. Hoy tenemos tiempo para pensar qué podría llegar a mover nuestra fe si tuviésemos tan solo el tamaño de un granito de mostaza o menos. Gracias, Señor, por mostrarnos estos dos ejemplos de fe; no importa cuál de las dos tomemos, pero que confiemos plenamente en Ti. Ayúdanos a secar nuestras hemorragias de egoísmo, de pereza y desesperanza; tómanos de la mano cuando estamos dormidos y no comprendemos tu mensaje de amor.
Danos la fortaleza para iniciar nuestras actividades el día de mañana y que lo hagamos con muchísima esperanza y confianza en Ti. Un muy feliz lunes de descanso y ojalá compartido en familia. “TU FE, TE HA SALVADO”.
