
“Tomen, esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre de la alianza” (Marcos 14, 12-26 ).
Lo sabemos. La Eucaristía Dominical se puede convertir en un “refugio religioso” que nos protege de la vida conflictiva en la que vivimos. Es tentador “ir a Misa” para compartir una experiencia religiosa que nos permite librarnos de los problemas, de la pandemia, de la crisis social, de las tensiones y de las malas noticias que nos presionan por todas partes.
Hay católicos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración de la Misa, pero no se preocupan y se olvidan de las exigencias que entraña celebrar la Cena del Señor Jesús. Por ejemplo: se molestan que un sacerdote (o su Párroco) no se atenga estrictamente a las normas y rúbricas litúrgicas, pero pueden seguir celebrando rutinariamente la Eucaristía, sin escuchar las llamadas y exigencias del Evangelio de Jesús.
El riesgo para todos siempre es el mismo: comulgar con Cristo-Jesús en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos (con los prójimos) que sufren. Compartir el Pan de la Eucaristía e ignorar el hambre de millones de millones de hermanos privados de pan, de techo, de trabajo, de justicia y de futuro.
En los próximos años se pueden ir agravando los efectos de la crisis causada por la pandemia, también por la actual crisis social y económica, mucho más de lo que nos temíamos. La multitud de medidas tributarias que se dictan irán haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van quedando a merced de un futuro incierto e imprevisible. Conoceremos de cerca personas privadas de lo necesario para vivir, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación... familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por la desesperación, jóvenes sin un futuro nada claro... ¿No lo podremos evitar? O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.
La celebración de la Eucaristía, memorial de Cena del Señor Jesús, en medio de nuestra sociedad en crisis puede ser un lugar de toma de conciencia, es decir, de un despertar, de un abrir lo ojos desde el interior para hacer consciente lo inconsciente y así poder dar el paso e iniciar todo un necesario cambio personal.
Necesitamos liberarnos del individualismo, del egocentrismo, que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos, más cristianos. Toda la Eucaristía está orientada a crear fraternidad.
No podemos pedir al Padre "el pan nuestro de cada día" sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos Comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

