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Domingo 14º del Tiempo Ordinario Domingo 04 de julio de 2021

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"¿Qué sabiduría es ésa...? ¿Y esos milagros de sus manos?".

(Marcos 6, 1–6).

 

Jesús no tenía poder cultural como los escribas. Jesús no era un intelectual con estudios. Jesús tampoco poseía el poder sagrado de los sacerdotes judíos del templo. Jesús no era miembro de una familia honorable, ni pertenecía a las elites urbanas de Galilea o Judea o Samaria. Jesús era un “carpintero, el hijo de María”, de Nazaret, una aldea desconocida de la Baja Galilea.

Jesús no había estudiado en ninguna escuela rabínica. Jesús no se dedicaba a explicar la Ley de Moisés. A Jesús no le preocupaban las discusiones doctrinales. Jesús no se interesó nunca por los ritos del templo. La gente lo veía como un “maestro” que enseñaba a entender y vivir la vida de manera diferente.

Según Marcos, cuando Jesús llegó a Nazaret acompañado por sus discípulos, sus vecinos quedaron sorprendidos por dos cosas: la sabiduría de su corazón y la fuerza curadora de sus manos. Era lo que más atraía a la gente. Jesús no era un pensador que explicaba una doctrina, sino un sabio que comunicaba su experiencia de Dios y enseñaba a vivir bajo el signo del amor. No era un líder autoritario que imponía su poder, sino un Mesías que sanaba la vida y aliviaba el sufrimiento.

A las gentes de Nazaret no les costó mucho desacreditar a Jesús. Se opusieron a su presencia con toda clase de preguntas, sospechas y recelos. No se dejaron enseñar por Él, ni se abrieron a su fuerza sanadora y transformadora. Jesús no pudo acercarlos a su Padre Dios, ni curar a todos como Él hubiera deseado.

A Jesús no se le puede conocer o entender desde fuera. Hay que entrar en contacto con Él. Dejar que vaya introduciendo poco a poco en nosotros cosas tan decisivas como el amor, la alegría, la compasión o la voluntad de crear un mundo más justo. Dejar que nos enseñe a vivir en la presencia paternal y cercana de Dios. Cuando alguno de nosotros se acerca sinceramente a Jesús, no se siente atraído por una doctrina, sino invitado a vivir de una manera nueva.

Por otra parte, para experimentar su fuerza salvadora, es necesario dejarnos curar por Él: recuperar poco a poco la libertad interior, liberarnos de miedos y desesperanzas que nos paralizan, atrevernos a salir de la mediocridad. Jesús sigue hoy ”imponiendo sus manos”. Sólo se curan quienes creen en Él... quienes tienen fe.

Autor:
Monseñor Sergio Pulido Gutiérrez