
"... pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja ...". (Marcos 6, 7–13).
Los católicos nos preocupamos mucho de que la Iglesia cuente con medios adecuados para cumplir eficazmente su tarea evangelizadora: recursos económicos, influencia política, poder social, plataformas digitales o lugares de Internet... Nos parece lo más normal hoy día en pleno siglo XXI. Sin embargo, cuando Jesús envía por primera vez a sus discípulos a prolongar su misión, no piensa en lo que deben llevar consigo, sino precisamente en lo contrario: lo que no deben llevar: "... pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja ...".
El estilo de vida que les propone a los primeros discípulos es tan desafiante y subversivo que pronto las siguientes generaciones cristianas lo suavizaron. ¿Qué tenemos que hacer hoy con estas palabras de Jesús?, ¿borrarlas del Evangelio?, ¿olvidarlas para siempre?, ¿tratar de ser también hoy fieles a su espíritu?
Jesús pide a sus discípulos que no tomen consigo dinero ni provisiones. El “mundo nuevo” que Jesús busca no se construye con dinero. Su proyecto no lo sacarán adelante los ricos, sino gente sencilla que sepa vivir con pocas cosas porque han descubierto lo esencial: el Reino de Dios o Reino del Cielo. Y el Reino de Dios para Jesús es la manera en que Dios manifiesta su actuación en medio de la historia humana, la manera en cómo Dios actúa... no de forma estruendosa, sino misteriosamente, como una semilla, de irresistible poder, sembrada por Dios en el corazón de nosotros.
La obsesión por la seguridad y eficacia no es buena. Desde la tranquilidad del bienestar no es fácil crear el Reino de Dios como un ambiente en donde Dios sea Dios en todos y en todo.
Sus discípulos-misioneros irán descalzos, como las clases más pobre de Galilea. No llevarán sandalias. Tampoco túnica de repuesto para protegerse del frío de la noche. La gente los debe ver identificados con los últimos. Si se alejan de los pobres, no podrán anunciar la Buena Noticia de Dios a los más necesitados.
Para los seguidores de Jesús no es malo perder el poder, la seguridad y el prestigio social que hemos tenido cuando la Iglesia Católica lo dominaba todo todo. Puede ser más bien una bendición si nos conduce a una vida más fiel a Jesús. El poder del dinero no transforma los corazones; la seguridad del bienestar nos aleja de los pobres; el prestigio y la egolatría nos llena de nosotros mismos.
Jesús imaginaba a sus discípulos de otra manera: liberados de ataduras, identificados con los últimos, con la fe y la confianza puesta total y absolutamente en Dios, curando a los que sufren, buscando para todos la paz. Sólo así se introduce en la tierra su Reino del Cielo.

