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Domingo 19º del Tiempo Ordinario Domingo 08 de agosto de 2021

 

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Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. (Juan 6, 41–51).

 

Continuamos hoy con la lectura y meditación del capítulo 6 del Evangelio escrito por Juan.

Los sacramentos son signos que “producen lo que significan”. Por lo mismo, es de grandísima importancia entender de qué es signo el pan de la Eucaristía entre nosotros.

Consideremos entonces, ¿qué ocurre cuando este pan (hostia) llega al altar y es consagrado por el Obispo o el Presbítero en la celebración de la Eucaristía? La doctrina católica lo expresa teológicamente con la palabra: transustanciación. Con ella se quiere decir que en el momento de la consagración el pan deja de ser pan y se convierte en el Cuerpo de Cristo; la sustancia del pan – esto es, su realidad profunda que se percibe, no con los ojos, sino con la mente y el espíritu — cede el puesto a la sustancia, o mejor a la Persona, Divina que es Jesús vivo y resucitado, si bien las apariencias externas siguen siendo las del pan.

Para comprender esta transustanciación me remito y pido ayuda a una palabra cercana a ella y que nos es más familiar: la palabra transformación. Transformación significa pasar de una forma a otra, transustanciación pasar de una sustancia a otra. Por ejemplo: Al ver a una señora salir de la peluquería, con un peinado completamente nuevo, es espontáneo decir: “¡Qué transformación!”. Nadie piensa con exclamar: “¡Qué transustanciación!”. Claro. Ha cambiado su forma y aspecto externo, pero no su ser profundo ni su personalidad. Si era inteligente antes, lo sigue siendo ahora; si no lo era, lo siento, pero tampoco lo es ahora. Han cambiado las apariencias, no la sustancia.

En la Eucaristía sucede exactamente lo contrario: cambia la sustancia, pero no las apariencias. El pan es transustanciado, pero no transformado; las apariencias (forma, sabor, color, peso) siguen siendo las de antes, mientras que cambia la realidad profunda: se ha convertido en el Cuerpo de Cristo. Se ha realizado la promesa de Jesús escuchada en el Evangelio de hoy: 

“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Autor:
Monseñor Sergio Pulido Gutiérrez