
”Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”…
Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres.
(Marcos 7, 1–8.21–23).
San Marcos, el texto del Evangelio escrito más antiguo de todos y el más breve y directo, presenta a Jesús en conflicto con los grupos más piadosos de la sociedad judía. Entre sus críticas más radicales hay que destacar dos: primera, el escándalo de una religión vacía de Dios; segunda, el pecado de sustituir la voluntad de Dios, que sólo pide amor, por “tradiciones humanas” al servicio de otros intereses.
Jesús cita al antiguo profeta Isaías: ”Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Luego Jesús denuncia en términos claros dónde está la trampa: ”Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres”.
Éste es el gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones humanas, las colocamos en el lugar que sólo debe ocupar Dios. Las respetamos por encima incluso de su voluntad. No hay que pasar por alto la más mínima prescripción, aunque vaya contra el amor y haga daño a las personas.
En esta religión lo que importa no es Dios sino otro tipo de intereses. Se le honra a Dios con los labios pero el corazón está lejos de Él, se pronuncia un credo obligatorio pero se cree en lo que conviene, se cumplen ritos pero no hay obediencia a la voluntad de Dios sino al querer de los hombres.
Poco a poco olvidamos a Dios y, luego, olvidamos que lo hemos olvidado. No dejamos a Dios ser Dios en nosotros y nuestro mundo. Empequeñecemos el Evangelio para no tener que convertimos demasiado. Orientamos caprichosamente la voluntad de Dios hacia lo que nos interesa y olvidamos su exigencia absoluta e incondicional de amor. Con el tiempo, no echamos en falta a Jesús; olvidamos qué es mirar la vida con sus ojos. Éste puede ser hoy nuestro propio pecado.

