En el evangelio de la misa de hoy (Juan 1, 35-42) tiene especial realce la acción de mirar/ver. El testigo Juan fija su mirada en Jesús que pasa; Jesús invita a los discípulos a ver dónde mora él y ellos fueron y vieron donde moraba; en el desenlace Jesús fija su mirada en Simón. Acoger la palabra nos conduce al ver: quienes escucharon a Juan Bautista pasan a ver dónde mora el Señor. Reconocemos tres partes en el evangelio de este domingo. La primera es una breve introducción en la que se pone fin a la misión de Juan Bautista llevándonos hasta Jesús. El texto comienza dando cuenta de la permanencia de Juan Bautista allí donde ha desarrollado su misión –al otro lado del río Jordán– al tiempo que nos hace pasar del anuncio a la realidad, esto es, del oír al ver. Mientras Juan Bautista ha permanecido allí, Jesús camina. Esta permanencia le ha permitido a Juan fijar la vista en «Jesús que pasaba». El texto no nos dice de dónde viene ni hacia dónde va, pero la palabra del profeta testigo nos anuncia que quien pasa es el Cordero ‘de’ Dios, el Cordero que Dios envía. Juan Bautista ha fijado su vista en la inmensidad del misterio, esta contemplación es como fuego que contagia, entonces es necesario proclamarla, de ahí su anuncio: «Este es el Cordero de Dios».
En la segunda parte, los dos discípulos que han escuchado a Juan se ponen a seguir a Jesús. Han oído, ahora quieren ver lo que le oyeron al testigo profeta. La palabra del profeta impulsa a querer ver. Este impulso no nace simplemente por una curiosidad ante un anuncio humano, este impulso se da por la acción de Dios en el ser humano. Buscar a Jesús, ir tras él, hacerse discípulo suyo, es obra del amor del Padre: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió» (Juan 6, 44.65; véase también 3, 27; 6, 37-39; 17, 6).
Esta voluntad del Padre se materializa en la invitación de Jesús: «se volvió y, al ver que lo seguían les pregunta: “¿Qué buscan?”». Al volverse hacia quienes lo siguen, Jesús mira el camino que tras de él vienen haciendo estos que quieren ser discípulos; Jesús mira la historia de su búsqueda y de sus esperanzas. «¿Qué buscan?» es la primera palabra que Jesús pronuncia en el evangelio según san Juan.
Seguir al Maestro quiere decir ir hasta dónde él ha llegado, hasta donde él mora. Jesús mora en el Padre, su actuar es fruto de la comunión profunda con el Padre (véase Juan 5, 19). La experiencia del discipulado cristiano consiste en participar de esta comunión profunda que hay entre Jesús y su Padre; a ello nos invita Jesús: «Vengan y vean». Y efectivamente los discípulos, por Jesús, entran en esta comunión: «vieron dónde vivía y se quedaron con él».
La tercera parte viene después del respiro que significa la mención de la hora de aquel encuentro. Esta tercera parte principia haciendo un resumen de la experiencia: oír a Juan, seguir a Jesús para ver dónde mora y morar con él. Este hallazgo de la respuesta en Jesús a las inquietudes y búsquedas que el Padre del cielo ha sembrado en el corazón de todo hombre enciende fuego que contagia: Andrés «encuentra primero a su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías”. Y lo llevó a Jesús».

