
Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscan?”
(Juan 1, 35–42)
Las primeras palabras que Jesús pronuncia en el evangelio narrado por el apóstol Juan me dejan desconcertado porque van al fondo y tocan las raíces mismas de mi vida. A dos discípulos de Juan, el Bautista, que comienzan a seguirlo Jesús les dice: “¿Qué buscan?”
No es fácil responder a esta pregunta sencilla, directa, fundamental, desde el interior de una cultura tan moderna como la nuestra, que parece preocuparse sólo de los medios, olvidando siempre el fin último de todo. ¿Qué es lo que buscamos exactamente?
Para algunos, la vida es como un gran supermercado y lo único que les interesa es adquirir objetos, cosas, con las que poder consolar un poco su existencia. Otros lo que buscan es escapar de la enfermedad, la soledad, la tristeza, los conflictos o el miedo. Pero, escapar ¿hacia dónde?, ¿hacia quién?. Otros ya no pueden más. Lo que quieren es que se les deje solos. Olvidar a los demás y ser olvidados por todos. No preocuparse por nadie y que nadie se preocupe de ellos.
La mayoría buscamos sencillamente cubrir nuestras necesidades diarias y seguir luchando por ver cumplidos nuestros pequeños deseos. Pero, aunque todos ellos se cumplieran, ¿quedaría nuestro corazón satisfecho? ¿Se habría apagada nuestra sed de felicidad plena?. En el fondo, ¿no andamos buscando algo más que una simple prosperidad de nuestra situación? ¿No anhelamos algo que no podemos esperar de ningún proyecto político o social?
Se dice que nos hemos olvidado de Dios. Pero la verdad es que, cuando un ser humano se interroga con un poco de honradez, no le es fácil borrar de su corazón la “nostalgia de Dios”.
¿Quién soy yo? ¿Un ser pequeño, pequeñísimo, salido de una parcela ínfima de espacio, tiempo y materia, arrojado a la vida para desaparecer enseguida en la nada de donde se me ha sacado sin razón alguna y sólo para sufrir? ¿Eso es todo? ¿Esa es la verdad? ¿No hay nada más? ¿Nada más, pero nada más...?
Lo más honrado e inteligente que podemos hacer es “buscar”. No cerrar ninguna puerta. No rechazar ninguna llamada. Buscar a Dios, con el último resto de nuestras fuerzas y de nuestra fe. Tal vez, desde la mediocridad, la angustia o el desaliento. Buscar el “sentido de nuestra vida”.
Dios no juega al escondite ni se esconde de quien lo busca con sinceridad. Dios está ya en el interior mismo de esa búsqueda. Esa es la verdadera espiritualidad: la búsqueda personal de lo divino en nuestro interior, en el sí-mismo. Más aún: Dios es omnipresente, esto quiere decir que Dios goza de un atributo, propio de su divinidad y perfección, que le permite estar presente en todos los lugares y en todos los momentos al mismo tiempo...

