
“... Curó a muchos enfermos de diversos males ... ” (Marcos 1, 29–39)
La enfermedad es una de las experiencias más duras de todo ser humano. No sólo padece el enfermo que siente su vida amenazada y sufre sin saber por qué, para qué y hasta cuándo. Sufre también su familia, los seres queridos y los que le atienden.
De poco y nada sirven las palabras y explicaciones. ¿Qué hacer cuando ya la ciencia no puede detener lo inevitable: la muerte? ¿Cómo afrontar de manera humana el deterioro? ¿Cómo estar junto al familiar tan amado o el amigo tan querido gravemente enfermo?
Lo primero es acercarse. Hoy, Marcos nos relata que Jesús se acercó a la suegra de Simón Pedro que estaba en cama con fiebre, la cogió de la mano y la levantó... Al que sufre no se le puede ayudar desde lejos. Hay que estar cerca. Sin prisas, con discreción y respeto total. Ayudarle a luchar contra el dolor. No se trata de pedirle resignación. Resignación, no. Se trata de darle fuerza para que luche y colabore con los que tratan de curarlo.
Esto exige acompañarlo en las diversas etapas de la enfermedad y en los diferentes estados de ánimo. Ofrecerle lo que necesita en cada momento. No incomodarnos ante su irritabilidad. Tener paciencia. Permanecer junto a él.
Sin embargo, actualmente la COVID-19 como pandemia nos impide estar cerca y acompañar a quienes están infectados. Y cuando alguien muere completamente aislado en una UCI, sus familiares experimentan una gran angustia y un profundo dolor por no haber podido estar cerca y acompañarlo como es debido.
También es importante escuchar. Que el enfermo pueda contar y compartir lo que lleva dentro: las esperanzas frustradas, sus quejas y miedos, su angustia ante el futuro. Es un respiro para el enfermo poder desahogarse con alguien de confianza. No siempre es fácil escuchar. Requiere ponerse en el lugar del que sufre y estar atento a lo que nos dice con sus palabras y, sobre todo, con sus silencios, sus gestos y sus miradas.
El evangelista Marcos nos dice que las gentes llevaban sus enfermos y poseídos hasta Jesús. Él sabía acogerlos con gran cariño, despertar su confianza en Dios Padre Bueno, perdonar su pecado, aliviar su dolor y sanar su enfermedad. Su actuación ante el sufrimiento humano siempre será para nosotros, sus discípulos, el ejemplo a seguir en el trato a los enfermos.

