
La Cena del Señor Jesús, la tarde del Jueves Santo, es la primera celebración del triduo pascual. Según la tradición más antigua, recogida por san Pablo (1Co 11,23), ...el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó primero pan y después el cáliz lleno de vino, y dijo: ”Esto es mi cuerpo”, ”este es el cáliz de mi sangre”, ”hagan esto en memoria mía”. Por eso, cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva. La Cena del Señor Jesús se celebró en las pequeñas comunidades cristianas desde los comienzos, como testimonia también el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,42).
La celebración de la “Última Cena”, el Jueves Santo, no es diferente de la Eucaristía de los demás días del año. Es la misma. Pero tiene un valor ejemplar y único. Al recordar lo que el Señor Jesús hizo en la Última Cena con sus discípulos, se añade “hoy”. Mañana, Viernes, en efecto, será el día dedicado a la Pasión. Pero esta manera de hablar tiene un sentido absolutamente general. Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía y los otros Sacramentos, de los que es fuente, se renueva (se actualiza) para nosotros, “hoy”, por obra del Espíritu, la obra de Dios, que Jesús realizó de una vez para siempre. Lo que Jesús hizo un día es siempre actual y siempre nuevo, aunque se repita indefinidamente. Es verdad, en cada celebración litúrgica, y especialmente en cada Eucaristía, sucede para nosotros aquí y ahora la salvación que Dios realiza desde el principio. Cristo-Jesús está presente. Actúa por medio de signos eficaces y por el poder del Espíritu. Notemos que este Jueves Santo la lectura del libro del Éxodo recuerda que la Eucaristía hunde sus raíces en la liturgia ancestral de la Pascua judía, la de la antigua Alianza, lo que pone claramente de manifiesto su carácter tradicional al mismo tiempo que su absoluta novedad.

