
¡Lo crucificaron...!
La ejecución de Jesús no ha sido algo casual, fruto de un malentendido de las autoridades religiosas y políticas de Israel. No. Tampoco basta considerar la cruz como algo permitido por Dios por motivos inexplicables, pero que ha quedado resuelto con el triunfo glorioso de la resurrección. Tampoco. La resurrección no elimina el escándalo de la cruz, sino que lo eleva a misterio (no se le puede “entender” desde categorías filosóficas). Porque, aún después de la resurrección, nos tenemos que preguntar: ¿Por qué y para qué la cruz? ¿Qué hace Dios en una cruz?
Un “Dios crucificado” constituye una auténtica rebelión y nos obliga a cuestionar todas nuestras imágenes o representaciones humanas de Dios. La cruz rompe todos nuestros esquemas sobre un Dios al que suponemos conocer ya de antemano. El crucificado no tiene el rostro que nosotros atribuimos a la divinidad.
En la cruz del Viernes Santo, Dios no aparece como el que tiene poder sobre la muerte, sino como alguien que se ve sumergido dentro de ella. Con la cruz, o se termina toda nuestra fe en Dios o se abre a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que nos ama de manera insospechada. Contra todos nuestros pensamientos sobre la divinidad, en la cruz descubrimos sorprendidos que Dios es alguien que sufre con nuestros sufrimientos. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le “salpica”, le importa. Dios no puede amarnos sin sufrir. Como ha dicho un buen teólogo,: “sólo un Dios que sufre puede salvarnos”.
A este “Dios crucificado” no se le puede “entender” desde categorías filosóficas. Es un escándalo y una necedad. A este “Dios crucificado” sólo se le “entiende” cuando sabemos amar a los que sufren y descubrimos por propia experiencia que el amor verdadero a los crucificados hace sufrir. Sin esto, no hay fe en el Dios verdadero sino simple religiosidad o simple religión.

