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Semana Santa  –  2021 VIGILIA  PASCUAL

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Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José,

observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.

Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes...

pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley  (Lucas 23, 55-56).

 

...y prepararon los bálsamos y perfumes... Esta era una ocupación propia de los sacerdotes de Israel, como dice la Escritura (1 Cron 9,30); una tarea sagrada, una función casi litúrgica, como si fuese una oración. Las mujeres del Evangelio de Lucas, en efecto, oran y son capaces de transformar la noche de la muerte en lugar de bendición, de esperanza, de atención amorosa y atenta. Ninguna mirada, ninguna palabra, ningún movimiento o gesto es en vano para ellas. Preparan, o mejor, como si intuyeran el significado hebreo correspondiente, elaboran los aromas perfumados mezclando con sabiduría los ingredientes necesarios, en la justa medida y proporción. Un arte del todo femenino, totalmente materno, que nace de dentro, desde el vientre materno, lugar tan privilegiado del amor. El Sábado Santo, es, de verdad, como un vientre que sostiene la vida... abrazo que custodia y arrulla a la nueva criatura que está para venir a la luz

...observaron el descanso... Pero ¿de qué descanso se trata en realidad? ¿Qué detenimiento, qué pausa se está dando en la historia de la vida de estas mujeres tan cercanas a Jesús, en lo profundo de su corazón? El verbo usado por Lucas recuerda claramente el “silencio”, que se convierte en el protagonista de este Shabbát, Sábado Santo de la espera. No hay más palabras por decir, faltan las palabras, no hay abecedario o diálogos... toda la tierra está en silencio, mientras sopla el viento del Espíritu y se esparcen los perfumes. Solamente vuelve un canto al corazón en la noche (Salmo 76,7): es un canto de amor, repetido por las mujeres y, junto a ellas, por José de Arimatea y por aquellos que, como él, no quieren las decisiones y acciones de los demás en este mundo. Las palabras son las que repite la esposa del Cántico, las últimas, guardadas para el Amado, cuando al final del Libro del Cantar de los Cantares ella dice: “Apresúrate, amado mío, como un ciervo, sobre las montañas perfumadas” (Ct 8,14). Este es el grito de la resurrección, el canto de victoria sobre la muerte.

Autor:
Monseñor Sergio Pulido Gutiérrez