
“... tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único ...” (Juan 3, 14–21).
No es una frase más. No. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de nuestra fe cristiana. “... tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único ...”. Este amor de Dios es el origen y el fundamento de toda nuestra esperanza cristiana.
“Dios ama el mundo”. Lo ama tal como es. Inacabado e problemático. Lleno de conflictos y contradicciones. Capaz de lo mejor y capaz de lo peor. Este mundo, este planeta tierra, no recorre su camino solo, perdido y desamparado. No. Dios, Padre Nuestro, lo envuelve con su amor por los cuatro costados. Esto tiene consecuencias de la máxima importancia.
Primero, Jesús es, antes que nada, el regalo, el don, que Dios Padre ha hecho al mundo, no sólo a los cristianos. Los estudiosos pueden discutir sin fin sobre muchos aspectos de la figura histórica de Jesús de Nazaret. Los teólogos pueden seguir desarrollando sus teorías más ingeniosas y hasta extrañas. Sólo quien se acerca a Jesús como el gran regalo de Dios, puede ir descubriendo en todos sus dichos y hechos, palabras y obras, con emoción y gozo, la cercanía de Dios a todo ser humano.
Segundo. La razón de ser de la Iglesia Católica, lo único que justifica su presencia en el mundo es recordar el amor de Dios. Lo ha subrayado muchas veces el último Concilio, el Vaticano II: “La Iglesia es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres”. Nada hay más importante. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano, a todo hombre, mujer o varón.
Tercero. Según el apóstol y evangelista Juan, Dios hace al mundo ese gran regalo que es Jesús, “no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Es muy fácil, pero peligroso, hacer de la denuncia y la condena del mundo actual todo un discurso o predicación pastoral. Sólo con el corazón lleno de amor a todos, nos podemos llamar unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús sino otra cosa: tal vez, nuestro propio resentimiento y enojo.
Cuarto. En estos momentos en que todo parece confuso, incierto y desalentador, especialmente por la pandemia del COVID-19, nada nos impide a cada uno introducir un poco de amor en el mundo, en la tierra. Es lo que hizo Jesús. No hay que esperar a nada. ¿Por qué no va a haber en estos momentos mujeres y varones buenos, que introducen entre nosotros amor, amistad, compasión, justicia, sensibilidad, misericordia y ayuda a los que sufren…? Estos sí construyen la Iglesia de Jesús, la Iglesia del amor, del amor incondicional y absoluto.

