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TIEMPO LITÚRGICO DE PASCUA Domingo 7º de Pascua – 16 mayo 2021

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"Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación".

(Marcos 16, 15–20)

Hacia el año 9 antes de Cristo los pueblos griegos de la provincia romana de Asia tomaron la decisión de cambiar el calendario. En adelante la historia de la Humanidad no se contaría a partir de la fundación de Roma, sino a partir del nacimiento del emperador Augusto. La razón era de peso. Augusto había sido Buena Noticia (euangelion) para todos, pues había traído la paz introduciendo en el mundo un orden nuevo. Augusto era el gran “bienhechor” y “salvador”.

Los cristianos, discípulos de Jesús, comenzaron a proclamar un mensaje muy diferente: “La Buena Noticia no es Augusto sino Jesús”. Por eso, el evangelista Marcos tituló al principio así su evangelio: “Buena Noticia de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios”. Y por eso, en su evangelio, el mandato final de Jesús resucitado es éste: "Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación".

“Buena Noticia” (Euangelion) es algo que, en medio de tantas experiencias malas, trae a nuestra vida una esperanza nueva. Las buenas noticias aportan luz, despiertan la alegría y la esperanza, dan un sentido nuevo a todo, animan a vivir de manera más tranquila y fraterna. Todo esto y más, muchísimo más, es Jesús, pero ... ¿cómo proclamarlo hoy como Buena Noticia?

Podemos explicar enseñas sublimes y trascendentales acerca de Jesús: en Él está la salvación de la humanidad, la redención del mundo, la liberación definitiva de nuestra esclavitud, la plenitud del ser humano. Todo esto es cierto, sí, pero no basta. No es lo mismo exponer verdades cuyo contenido es teóricamente bueno para el mundo, que hacer que nosotros y la gente de todo el mundo pueda experimentarle a Jesús como algo nuevo y bueno en su propia vida.

No es difícil entender por qué la gente del tiempo de Jesús lo sentía a Él como “Buena Noticia” (Euangelion). Todo lo que Él decía les hacía bien: les quitaba el miedo al Dios del Antiguo Testamento, les hacía sentir su misericordia, les ayudaba a vivir amados y perdonados, amados y salvados. Toda su manera de ser era algo bueno para todos: era compasivo y cercano, acogía a los más olvidados, abrazaba a los más pequeños, bendecía a los enfermos, se fijaba en los pobres, últimos y excluidos. Toda su actuación introducía en la vida de las personas algo bueno: alegría, salud, perdón, verdad, fuerza interior, esperanza. ¡Era una bendición, un bien, encontrarse con Jesús!

 

Autor:
Monseñor Sergio Pulido Gutiérrez