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Arzobispo de Bogotá 33

Manuel José Mosquera y Arboleda

Manuel José Mosquera y Arboleda

Arzobispo de Bogotá 33

Arzobispado de Bogotá en República de la Nueva Granada 19 diciembre 1834 - 10 diciembre 1853

Retrato  y escudo arzobispal. El retrato  en óleo sobre tela, por Narciso Garay Ca. 1853 , forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental  a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y  las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.

En el corazón de la ciudad blanca, Popayán, bajo el amparo de linajes que tejieron la historia de una nación, nació el 11 de abril de 1800 un hombre cuya vida sería un campo de batalla entre la fe y el Estado: Manuel José Mosquera y Arboleda. Hijo de don José María Mosquera y Figueroa y doña María Manuela de Arboleda, su cuna fue de oro y su destino, de hierro. Nadie imaginaba que aquel niño, bautizado el mismo día de su nacimiento por su propio tío materno, se convertiría en  Arzobispo de Bogotá y en un mártir de sus propias convicciones en tierras extrañas.

Su formación fue un periplo de sabiduría que lo llevó desde el Seminario de San Francisco en su tierra natal hasta la Universidad de Santo Tomás en Quito, donde en 1823 recibió la borla de doctor en Sagrados Cánones. Su ascenso fue meteórico: rector de la Universidad del Cauca y Vicario General de Popayán, Mosquera se destacaba no solo por su piedad, sino por una inteligencia que abrazaba desde los textos sagrados hasta los libros proscritos por la Iglesia, como los de Rousseau y Lackis, para los cuales obtuvo licencia especial de Roma.

El destino lo llamó a la capital de la República en un momento de turbulencia. En abril de 1834, la Cámara del Congreso, en una votación que muchos tacharon de intrigante por ser el hermano del vicepresidente Tomás Cipriano de Mosquera, lo eligieron para regir la arquidiócesis. El joven eclesiástico de treinta y cuatro años recibió la noticia con angustia y sorpresa; se sentía indigno de tan "pesada carga episcopal" y confesaba que solo cedía para evitar males mayores a la Iglesia.

En la ciudad fría y con el corazón ardiendo a su entrada a Bogotá, el 21 de septiembre de 1835, fue un preludio amargo de lo que vendría. Lejos de la pompa debida a su dignidad, la recepción fue calificada de "miserable" por el historiador Restrepo, fruto de la incuria de un Capítulo Catedralicio que no supo estar a la altura. Mosquera, de carácter melancólico, escribió con dureza sobre la sociedad bogotana, calificándola de "estéril" y "falta de sinceridad", añorando la calidez de su Popayán natal mientras se entregaba con fervor a sus ocupaciones.

Su programa de gobierno fue claro: cultivar la ciencia y la piedad en un clero que veía amenazado por el "filosofismo enmascarado" y el "fanatismo del siglo XII". Su obra cumbre fue la restauración del Seminario Conciliar de San José, arrebatándole la dirección al Estado para convertirlo en un semillero de virtudes donde él mismo redactaba manuales de urbanidad y lecciones de civilidad para sus seminaristas.

El Pastor en las Trincheras Mosquera no fue un prelado de silencios cómodos. Durante la "Gran Semana" de 1840, cuando la rebelión de los "Supremos" amenazaba con devorar Bogotá, el Arzobispo trocó el báculo por la pala. Se le vio en las calles, animando al pueblo, iniciando él mismo la apertura de fosos para las barricadas, mientras su clero cargaba fusiles y pertrechos para defender el orden legítimo. Fue un "defensor civitatis" que, sin embargo, no pudo escapar de las calumnias de sus enemigos políticos, quienes lo acusaron de autorizar el derramamiento de sangre.

Su apoyo incondicional a la Compañía de Jesús, cuya restauración promovió en 1844 y cuya expulsión en 1850 lloró con un "quebranto definitivo de salud", le granjeó el odio de los radicales. Para Mosquera, la educación jesuita era el único baluarte contra la "barbarie" que asomaba en el horizonte republicano.

El "Non Possumus" y el Destierro: El choque inevitable con el Estado se produjo con las leyes de 1851, que pretendían abolir el fuero eclesiástico y permitir que los cabildos parroquiales nombraran a los curas. Ante el Senado, Mosquera pronunció su histórico "Non possumus": no podía reconocer una autoridad civil que suplantara la potestad divina recibida de Jesucristo. Esta firmeza le costó la sentencia de "extrañamiento" y la ocupación de sus temporalidades en mayo de 1852.

Aquejado por una grave inflamación al hígado e hidropesía que le hinchaba el rostro y los pies, el Arzobispo partió hacia el exilio. En Villeta, mientras su cuerpo se deshinchaba bajo el sol, vendía sus muebles y objetos personales para costear un viaje que intuía sin retorno. Llevó consigo una casulla morada, sabiendo que la Cuaresma de su vida llegaba a su fin y que aquel trozo de seda sería su mortaja.

El último aliento en Marsella:  Tras una travesía dolorosa marcada por la muerte de su fiel secretario Luis Lizarralde en alta mar, Mosquera buscó refugio en Nueva York y luego en Francia. En París, el frío le fue adverso, resucitando sus dolencias. Finalmente, el 10 de diciembre de 1853, en un humilde hotel de Marsella y tras recibir la visita de un conmovido San Eugenio de Mazenod, el Arzobispo entregó su alma a Dios a las ocho de la mañana. Murió en los brazos de su hermano Manuel María, tras agotar sus últimas fuerzas en un gesto de fe: "no hay cuidado, si trago", fueron sus últimas palabras al recibir alimento.

Su corazón, conservado por los jesuitas en París, regresó a Bogotá en 1865. Pero fue solo en 1936 cuando sus restos, encontrados momificados e intactos —un testimonio silencioso de su santidad para muchos--, volvieron a la Catedral Primada para reposar junto a su amado pueblo. Manuel José Mosquera, el hombre que enfrentó al César para no traicionar a Dios, sigue hablando hoy desde el silencio de su tumba.

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo II: 1823-1868). Bogotá: Editorial Lumen Christi.

Escudo Manuel José Mosquera y Arboleda