
Antonio Herrán y Zaldúa
Arzobispo de Bogotá 34
Retrato y escudo arzobispal. El retrato en óleo sobre tela, por Ramón Torres Méndez en 1869 , forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.
En la Villa de San Bartolomé de Honda, allí donde el río Magdalena ruge con la fuerza de una nación en formación, nació el 11 de febrero de 1797 un hombre destinado a ser el bálsamo de una Iglesia atribulada: Antonio Herrán y Zaldúa. Hijo de raíces españolas y linajes ilustres, su infancia transcurrió entre el rumor de las aguas y la sombra de los claustros del Colegio Mayor del Rosario, donde se forjó como doctor en ambos derechos, demostrando siempre un amor filial por el claustro de Fray Cristóbal.
Su ascenso al sacerdocio no fue un camino de rosas, sino un peregrinaje por una patria desgarrada por la guerra, donde los obispos escaseaban tanto como la paz. Tras ser ordenado en Pamplona en 1821, su vida en Bogotá se convirtió en una leyenda de caridad heroica. Don José María Samper narraría más tarde cómo Herrán no dudó en cargar sobre sus propios hombros un cadáver para salvarlo de los ultrajes, o cómo, al encontrar a un enfermo de lepra en la calle, lo cobijó bajo su manto y le administró los sacramentos en el primer zaguán que halló a la mano.
Sin embargo, el acto que grabó su nombre en la memoria romántica de la ciudad ocurrió en la noche lluviosa del 11 de octubre de 1833. Herrán, entonces confesor del General Sardá, condenado a muerte, ayudó al reo a escapar de la cárcel grande. Con una fuerza nacida del celo sacerdotal,cargó al General socre su espalda, pues los grilletes impedían al fugitivo caminar, y lo condujo a través de las sombras hasta un refugio seguro. Para Herrán, la caridad no conocía fronteras políticas.
Elevado a la dignidad de Arzobispo en 1854, le correspondió timonear la barca de la Iglesia en medio de los vendavales del radicalismo. Su gobierno fue un equilibrio constante entre la firmeza dogmática y la dulzura de carácter. Restauró el Seminario Conciliar, devolviéndole su brillo como semillero de virtudes, y fundó la Congregación de la Caridad para que las damas bogotanas, inspiradas por la fe, transformaran los hospitales en recintos de consuelo.
Pero la tormenta arreció con el regreso del General Mosquera al poder en 1861. Herrán, fiel a su juramento, se opuso a las leyes de "tuición" y desamortización que pretendían someter la potestad divina al capricho del Estado. Su resistencia no fue la de un caudillo, sino la de un mártir. Fue reducido a prisión y, a pesar de su avanzada edad y salud quebrantada, fue desterrado hacia las costas del atlántico en noviembre de 1861.
La travesía hacia el exilio fue un calvario de humillaciones. En Cartagena y Mompox, el Arzobispo vivió la pobreza evangélica en su forma más cruda. Sus cartas a don Juan Antonio Marroquín revelan la angustia de un pastor que, arrancado de su grey sin recursos, se veía obligado a pedir limosna por amor a Dios para no perecer de hambre. "Me encuentro sin tener con qué comprar ni aun lo más preciso para la vida", escribía con una humildad que conmovía a sus verdugos.
En medio de esta desolación, surgió la crisis del juramento de 1863. Mientras el clero se dividía y algunos laicos exigían una resistencia absoluta que amenazaba con cerrar los templos para siempre, Herrán, tras profundas oraciones, propuso una fórmula condicional. Juraría obediencia en lo temporal, pero salvando siempre los dogmas y la disciplina de la Iglesia. Esta decisión, aunque le trajo ataques de los sectores más exaltados que lo tildaron de "débil", recibió finalmente la solemne aprobación del Papa Pío IX, quien elogió su egregia fortaleza y constancia.
El regreso a Bogotá en 1864 fue una apoteosis de flores y lágrimas. El pueblo, que lo llamaba "padre de los pobres", cubrió de arcos el camino desde Funza hasta la casa arzobispal. Pero el tiempo y los sufrimientos habían hecho su labor. Aunque su espíritu seguía dócil a la voz del Papa, su cuerpo, que en el destierro llegó a ser "casi un esqueleto", comenzó a apagarse.
En busca de un alivio que nunca llegó, partió hacia el clima cálido de Villeta. Allí, el 6 de febrero de 1868, Antonio Herrán entregó su alma al Creador. El doctor Mamerto Beltrán, quien le ungió en sus últimos momentos, escribiría que el Arzobispo murió rodeado de la misma mansedumbre con la que vivió, dejando como último rastro el aroma de su caridad.
Sus restos fueron llevados en hombros a través de la sabana, bajo una lluvia incesante que parecía el llanto de la nación. Hoy, mientras su cuerpo reposa en la Catedral Primada, su corazón se guarda en una redoma de cristal, como un testimonio silencioso de aquel que supo desarmar al ofensor con humildad y que, en los días más oscuros de la República, prefirió el calabozo antes que traicionar su fe.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Restrepo Posada, J. (1961). Arquidiócesis de Bogotá: datos biográficos de sus prelados (Tomo II: 1823-1868). Bogotá: Editorial Lumen Christi.

