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Arzobispo de Bogotá 35

Vicente Arbeláez Gómez

Vicente Arbeláez Gómez 

Arzobispo de Bogotá 35

Arzobispado de Bogotá en Estados Unidos de Colombia 6 febrero 1868 - 29 junio 1884

Retrato  y escudo arzobispal. El retrato  en óleo sobre tela, por Eugenio Montoya en 1889 , forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental  a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y  las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.

Cuando monseñor Vicente Arbeláez Gómez llegó a la sede arzobispal de Bogotá en 1868, encontró una Iglesia golpeada por años de conflictos políticos, destierros episcopales y profundas divisiones entre el poder civil y el religioso. Hijo de la fervorosa Antioquia y formado en el ministerio parroquial, asumió su misión con una convicción que marcaría toda su vida: defender la fe sin alimentar la confrontación.

Su primera gran obra fue la convocatoria y presidencia del Primer Concilio Provincial Neogranadino, inaugurado en junio de 1868. Aquella asamblea, considerada un hito para la reorganización de la Iglesia colombiana, trazó orientaciones pastorales y disciplinarias que influirían durante décadas. En un gesto cargado de simbolismo, durante la clausura se rindió homenaje al arzobispo Mosquera, signo de una incipiente reconciliación tras años de enfrentamientos. Arbeláez comprendía que el futuro no podía edificarse sobre el resentimiento.

Desde el inicio de su gobierno dejó clara una postura que le acarrearía críticas tanto de liberales como de conservadores: el clero debía mantenerse alejado de las luchas partidistas. En una época en la que la religión y la política parecían inseparables, exhortó a los sacerdotes a no convertir el púlpito en tribuna política. Esta actitud moderada fue malinterpretada por muchos, que esperaban de la Iglesia una participación más directa en las disputas electorales y en los conflictos armados.

Mientras tanto, surgía una vigorosa reacción intelectual católica frente a las políticas anticlericales del Estado. Figuras como Miguel Antonio Caro, José Manuel Groot, José Joaquín Ortiz y José María Vergara y Vergara emprendieron una intensa defensa de la fe desde periódicos, ensayos y obras literarias. Entre ellos destacó Caro, cuya pluma brillante y combativa contribuyó a forjar una nueva conciencia católica en el país.

El desafío más complejo para Arbeláez llegó con la reforma educativa de 1870. El gobierno estableció un sistema de instrucción pública bajo control estatal y relegó la enseñanza religiosa a espacios externos al horario escolar. El arzobispo protestó respetuosamente, pero al no ser escuchado optó por una estrategia pragmática: aprovechar los espacios permitidos por la ley para seguir formando cristianamente a la juventud. Muchos obispos, sacerdotes y laicos consideraron esta posición demasiado conciliadora y exigieron una resistencia frontal. Las críticas fueron tan intensas que llegaron denuncias contra él ante la Santa Sede. Sin embargo, Arbeláez soportó los ataques con serenidad, convencido de que la prudencia era más fecunda que la confrontación.

Las tensiones se hicieron evidentes durante el Segundo Concilio Provincial Neogranadino de 1874. Allí quedaron expuestas las divisiones internas del episcopado respecto a la educación y a la participación de la Iglesia en asuntos políticos. Aunque el arzobispo intentó construir consensos, la unidad no fue posible y las actas conciliares nunca recibieron aprobación definitiva de Roma.

Su perseverancia, sin embargo, produjo frutos. En 1876 logró un acuerdo con el gobierno para reglamentar la enseñanza religiosa en las escuelas oficiales. Era el primer entendimiento significativo entre dos poderes que durante años se habían enfrentado sin tregua. Para Arbeláez, el diálogo era una forma superior de victoria.

Ese mismo año estalló una nueva guerra civil. Mientras algunos prelados respaldaban a los insurgentes, el arzobispo se negó a comprometer a la Iglesia con proyectos revolucionarios. La derrota de la rebelión desencadenó represalias contra el clero: obispos desterrados, templos clausurados y numerosas restricciones religiosas. Aunque él mismo sufrió las consecuencias de la persecución, jamás abandonó su defensa de la legalidad ni su llamado a la reconciliación.

Entre las realizaciones más perdurables de su pontificado destaca la llegada, en 1873, de las Hermanas de la Presentación de Tours, conocidas popularmente como las Hermanas de la Caridad. Su labor transformó hospitales, orfanatos, escuelas, asilos y centros de asistencia social en todo el país. La semilla sembrada por aquellas religiosas se convirtió en una de las obras sociales más influyentes de la historia colombiana.

Con el ascenso de los gobiernos de Julián Trujillo y Rafael Núñez, comenzó una etapa de mayor tolerancia. Se suavizaron las medidas persecutorias y surgieron intentos de acercamiento entre Colombia y la Santa Sede. Aunque varios proyectos de reconciliación fracasaron inicialmente, el camino hacia la paz religiosa ya estaba abierto.

No todo fueron reconocimientos para Arbeláez. Durante años sufrió incomprensiones en Roma y fue injustamente señalado por sus adversarios. La creación de la diócesis de Tunja, segregada de la arquidiócesis de Bogotá, evidenció la falta de confianza que algunos sectores mantenían hacia él. Sin embargo, respondió con humildad ejemplar. Cuando el delegado apostólico Juan Bautista Agnozzi llegó al país en 1882 y conoció de primera mano su labor, descubrió que muchos informes enviados por el arzobispo ni siquiera habían llegado al Papa. Tras estudiar la situación, reivindicó plenamente su obra y reconoció el inmenso bien que había hecho a la Iglesia colombiana.

Antes de morir aún alcanzó a contemplar señales de esperanza: el regreso de los jesuitas en 1883 y el renacimiento de múltiples iniciativas religiosas y educativas. Finalmente, el 29 de junio de 1884, en la fiesta de San Pedro y San Pablo, entregó su vida al Señor.

Vicente Arbeláez pasó a la historia como un pastor excepcional. Gobernó en una de las épocas más turbulentas de la nación y, en lugar de responder con intransigencia, eligió la prudencia, el diálogo y la defensa serena de la libertad religiosa. Su legado anticipó, con sorprendente modernidad, muchos de los principios que décadas después proclamaría el Concilio Vaticano II. En medio de la tormenta, fue un constructor de puentes; en tiempos de división, un sembrador de concordia.

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Agudelo Giraldo, G. (2010). Los arzobispos de Bogotá que han marcado nuestra historia, 1564-2010. Bogotá: Ediciones Verdad y Vida.

Escudo Vicente Arbeláez Gómez