
José Telésforo Paúl y Vargas
Arzobispo de Bogotá 36
Retrato y escudo arzobispal. El retrato en óleo sobre tela, obrador anónimo Ca. 1900, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.
Cuando el arzobispo José Telésforo Paúl y Vargas, jesuita bogotano de espíritu sereno y mirada estratégica, asumió la sede primada de Bogotá en 1884* (algunos textos citan 1885), Colombia se encontraba en una encrucijada histórica. Tras décadas de enfrentamientos entre la Iglesia y el Estado, el país comenzaba a vislumbrar la posibilidad de una paz duradera. Sobre sus hombros recaía la delicada misión de convertir aquella esperanza en realidad.
Procedente de Panamá, donde había desarrollado un brillante ministerio episcopal, Paúl llegó a Bogotá rodeado de prestigio y afecto. Su inteligencia, prudencia y extraordinaria capacidad para el diálogo lo convirtieron rápidamente en una de las figuras más influyentes del naciente periodo de la Regeneración. Su cercanía con Miguel Antonio Caro, uno de los grandes intelectuales y estadistas colombianos, permitió que los principios cristianos encontraran un lugar destacado en la Constitución de 1886, llamada a reconstruir la unidad nacional después de años de fragmentación política.
Aquella nueva carta fundamental no fue solamente una reforma jurídica: representó el intento de reconciliar a la nación consigo misma. Paúl comprendió que, para consolidar esa obra, era indispensable sanar también las heridas abiertas entre la Iglesia y el Estado. De esa convicción nació la gran empresa de su pontificado: la negociación del Concordato de 1887.
Las conversaciones con la Santa Sede no estuvieron exentas de dificultades. Persistían viejas disputas por los bienes eclesiásticos expropiados durante el siglo XIX, una deuda que el empobrecido Estado colombiano era incapaz de saldar. Sin embargo, la generosidad del Papa León XIII, que aceptó una solución conciliadora, permitió superar uno de los mayores obstáculos para el acuerdo.
Incluso asuntos personales amenazaban con entorpecer el proceso. El presidente Rafael Núñez, principal artífice de la Regeneración, vivía una situación matrimonial compleja debido a la existencia de un vínculo canónico anterior. Paúl abordó el asunto con una combinación de firmeza doctrinal y exquisita caridad pastoral. Gracias a su tacto y comprensión, la situación pudo resolverse armoniosamente y, tras el fallecimiento de la primera esposa de Núñez, el mandatario regularizó su unión con Soledad Román mediante el sacramento del matrimonio. Años después, el propio presidente celebraría con emoción haber recuperado la plena comunión con la Iglesia.
Finalmente, el 31 de diciembre de 1887, el Concordato fue firmado en Roma. El documento, considerado por numerosos especialistas como una obra ejemplar del derecho público eclesiástico de su tiempo, definió las relaciones entre la Iglesia y el Estado colombiano durante generaciones. Más que un tratado diplomático, simbolizó el final de una larga época de persecuciones, destierros y enfrentamientos. Era el pacto de una nación que buscaba reconciliar su fe, su historia y su futuro.
Rafael Núñez llegó a considerar aquella negociación como el acto más honorable de toda su vida pública. Veía en el Concordato la restauración de una alianza que jamás debió romperse entre dos instituciones llamadas a servir al bien común. Para la Iglesia, el acuerdo significó la posibilidad de desplegar libremente su acción educativa, misionera y social; para el Estado, representó una fuente de estabilidad en medio de un país acostumbrado a la confrontación.
Una vez alcanzada la concordia, el arzobispo Paúl se dedicó a organizar la aplicación de los nuevos acuerdos. Promovió la enseñanza religiosa, fortaleció la vida pastoral y orientó a obispos y párrocos sobre los cambios que se avecinaban. La Iglesia, fortalecida por las pruebas sufridas en el pasado, iniciaba una nueva etapa de expansión y servicio.
Pero la Providencia le tenía reservado un tiempo breve. Cuando apenas comenzaban a verse los frutos de su labor, la salud del arzobispo se quebrantó. El 8 de abril de 1889, en la población de La Mesa, falleció a los cincuenta y ocho años de edad. Su gobierno había durado apenas cuatro años, pero bastó para dejar una huella imborrable en la historia nacional.
La figura de José Telésforo Paúl permanece como la de un hombre que supo unir donde otros dividían. Heredó una Iglesia marcada por los conflictos y ayudó a conducirla hacia una era de entendimiento y estabilidad. Su pontificado fue breve como un relámpago, pero luminoso como una aurora: un tiempo providencial en el que la inteligencia, la fe y la prudencia se encontraron para sellar una de las reconciliaciones más importantes de la historia colombiana.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Agudelo Giraldo, G. (2010). Los arzobispos de Bogotá que han marcado nuestra historia, 1564-2010. Bogotá: Ediciones Verdad y Vida.

