
Ismael Perdomo Borrero
Arzobispo de Bogotá 39
Retrato y escudo arzobispal. El retrato en óleo sobre tela, pintado por José María Vidal- Quadras y Villavechia en 1950, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá que se conserva en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental a partir de las fuentes primarias conservadas en el Libro Becerro de la Catedral Primada de Colombia. Para su elaboración se tomaron como base los dibujos ejecutados entre las décadas de 1940 y 1960 por Bernardo Sanz de Santamaría, Canónigo Honorario de la Basílica Primada, desarrollados a partir de las investigaciones históricas de José Restrepo Posada y las directrices impartidas por el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo para la recopilación y preservación de la memoria heráldica de los Arzobispos de Bogotá.
En el umbral de una Colombia que se debatía entre la tradición y la modernidad, surgió la figura de Ismael Perdomo Borrero (1872-1950), un hombre cuyo corazón parecía haber sido moldeado exclusivamente para el ejercicio del amor y la paz de Cristo. Conocido por la posteridad como "El Santo y Piadoso Pastor", su vida no fue un remanso de tranquilidad, sino una travesía por neblinas históricas complejas donde su alma se mantuvo anclada en la fe más densa y ardiente.
El Arquitecto del Espíritu y la Piedra, Perdomo no fue solo un contemplativo; fue un hombre de acción que supo hermanar la oración con la labor administrativa. Su legado más tangible se eleva en los cerros del norte de Bogotá: el Seminario Mayor de El Chicó, un majestuoso edificio de estilo románico-abacial inaugurado en 1946 que él mismo soñó y dirigió. Sin embargo, su verdadera "fábrica de oración" fue el Sínodo Diocesano de 1931, una obra legislativa y pastoral que rigió la arquidiócesis por más de tres décadas, demostrando su capacidad organizativa y su celo por la salvación de las almas.
Su cercanía con la grey era legendaria. Se cuenta que, en el crepúsculo de su vida, visitaba el Seminario Menor y, con la sencillez de un abuelo, narraba anécdotas de su niñez. En una ocasión, usando un gigantesco pañuelo blanco, bromeó con los seminaristas haciendo ademanes de torero, cayendo al suelo tras una embestida lúdica; su respuesta, llena de humildad, fue una sonrisa: "algunas veces el demonio me hace esta jugada".
El Pastor bajo la Tormenta Política Le correspondió timonear la barca de la Iglesia durante los dieciséis años del régimen liberal, un tiempo de proyectos que buscaban laicizar el Estado y que minaron las estructuras coloniales. En 1936, enfrentó con entereza la reforma constitucional que suprimió las garantías de la Iglesia católica; Perdomo alzó su voz contra lo que llamó una "Constitución atea", defendiendo los derechos de una nación que era, en su inmensa mayoría, fiel a la cruz.
No obstante, su camino estuvo sembrado de espinas. Fue tildado de "vacilante" durante la crisis conservadora de 1930, y la revisión del Concordato en 1942 provocó una dolorosa división en el seno del episcopado que lo hizo sufrir profundamente. A pesar de los escarnios y las injurias que llovieron sobre él, Perdomo mantuvo un heroico perdón, negándose a condenar a quienes traicionaron su buena fe.
El Fuego del 9 de Abril y el Sacrificio Final La prueba de fuego literal llegó el 9 de abril de 1948. Mientras Bogotá ardía tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el Palacio Arzobispal fue devorado por las llamas. Con él, se perdieron obras de arte irreemplazables y un archivo histórico que databa de 1551. Al recibir la noticia en el Seminario del Chicó, donde se hallaba providencialmente enfermo, exclamó con una fortaleza sobrehumana: "Gracias a Dios, todo se ha perdido, menos la confianza de Dios". Lejos de la ira, se postró ante el sagrario para pedir por quienes habían incendiado su hogar.
Sus últimos años fueron un lento despojo. Aquejado por un tumor maligno en las vías biliares y el páncreas, aceptó el diagnóstico con una serenidad que desafiaba a la medicina. En abril de 1950, tras recibir la extremaunción, juntó sus manos y se puso a cantar con voz suave una de sus melodías preferidas a la Virgen María.
El Tránsito hacia la Gloria El primer sábado de junio de 1950, a las 9:15 de la mañana, Ismael Perdomo cerró los ojos al mundo terrenal tras mirar con ansia un cuadro de la Virgen. Miles de colombianos, desafiando una lluvia tenaz y las dificultades del transporte, formaron colas interminables para ver por última vez a su pastor; el dolor popular no era una figura retórica, sino una "aguda realidad" que caló en la carne de todo un pueblo.
Hoy, el proceso de su beatificación, iniciado en 1954, avanza como un testimonio de su vida ejemplar. Juan Pablo II, en su visita a Colombia en 1986, lo recordó como un "ejemplo de fidelidad a Cristo y a la Iglesia". Sus restos reposan en la Catedral de Bogotá, pero su espíritu, aquel que supo unir la firmeza del mando con la benevolencia universal, sigue siendo una brújula para quienes buscan la paz en medio de las tempestades de la historia.
Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Agudelo Giraldo, G. (2010). Los arzobispos de Bogotá que han marcado nuestra historia, 1564-2010. Bogotá: Ediciones Verdad y Vida.

