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Arzobispo de Bogotá 43

Mario Revollo Bravo

Mario Revollo Bravo

Arzobispo de Bogotá 43

Arzobispado de Bogotá en República de Colombia 25 junio 1984 - 13 agosto 1994

Retrato  y escudo arzobispal.  El retrato, en óleo sobre tela, pintado por Rafael Salas Yepes en 1998, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá, conservado en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental, elaborada a partir de publicaciones históricas y repertorios heráldicos sobre la Arquidiócesis de Bogotá disponibles en fuentes secundarias. La reconstrucción busca ofrecer una representación coherente de la identidad heráldica del prelado, en el marco de los criterios de documentación y preservación del patrimonio eclesiástico.

En el corazón de una Colombia que se asomaba con vértigo a las postrimerías del siglo XX, la figura de Mario Revollo Bravo (1919-1995) emergió no solo como la de un jerarca eclesiástico, sino como la de un sabio timonel que supo guiar la fe entre los vientos de la reforma constitucional y los embates de tragedias inolvidables. Su vida, marcada por una profunda erudición y una serenidad inalterable, fue una parábola de fidelidad que se tejió entre los antiguos claustros de Roma y las barriadas sedientas de esperanza en la Bogotá moderna.

Nacido en el seno del clero bogotano, Revollo inició su camino bajo la sombra tutelar de los seminarios de la capital, para luego cruzar el océano y madurar su intelecto en la Universidad Gregoriana de Roma. Allí, en la Ciudad Eterna, recibió la ordenación sacerdotal en 1943, mientras el mundo se desangraba en la guerra, regresando a su patria con la armadura de una licenciatura en Sagrada Escritura. Su regreso no fue a los palacios, sino a las aulas y a las parroquias, donde su voz comenzó a resonar como profesor de griego bíblico y como párroco en sectores como Santa Beatriz y Alfonso López.

Quizás uno de los episodios más reveladores de su carácter fue su labor al frente del semanario "El Catolicismo". Durante diecisiete años, Revollo Bravo se convirtió en el arquitecto de la palabra impresa, recogiendo el periódico de las cenizas físicas y morales dejadas por el "Bogotazo" de 1948. Dotó a la publicación de una infraestructura editorial sólida, demostrando que la fe también necesita de medios modernos para hablarle a una sociedad en transformación. Esta capacidad organizativa lo llevó a coordinar la prensa durante la histórica visita de Pablo VI en 1968, el primer Vicario de Cristo en pisar suelo latinoamericano.

Promovido a la Sede Primada en 1984, tras un encomiable paso por la Arquidiócesis de Nueva Pamplona, donde su celo pastoral le valió un premio nacional de arquitectura por la restauración de la catedral, Revollo enfrentó una década de desafíos monumentales. Su báculo tuvo que sostener a una nación que lloró la desaparición de Armero bajo el lodo del volcán Nevado del Ruiz y que contempló con horror el incendio del Palacio de Justicia.

Ante el dolor de Armero, Revollo fue el artífice de la visita del "Papa peregrino de la paz", Juan Pablo II, en 1986. La imagen del Pontífice arrodillado ante la cruz blanca en la explanada de la ciudad desaparecida, orando por los difuntos junto a un Revollo sereno pero conmovido, quedó grabada como el acto más profundo de consuelo para el pueblo colombiano.

Arquitecto de la Modernidad y la Caridad Bajo su palio, Colombia despidió la centenaria Constitución de 1886 para dar paso a la Carta de 1991. Revollo, lejos de anclarse en el pasado, convocó el Sínodo Arquidiocesano de 1989 con una visión audaz: la Iglesia no podía quedarse atrás y debía responder a los desafíos de la "cultura metropolitana". Su respuesta fue la acción: fundó la Casa del Inmigrante para acoger a los desplazados por la violencia y revitalizó la Cena de la Fraternidad para que los sectores más prósperos mitigaran las penurias de las parroquias marginales.

Revollo Bravo no fue un hombre de cambios bruscos ni de estridencias políticas; su huella fue la de la discreción, la caballerosidad y la prudencia. Logró crear un ambiente de paz y reconciliación en las relaciones humanas y eclesiales, ganándose el respeto absoluto de sus fieles y de sus adversarios.

Al cumplir los 75 años, se retiró a la vida privada con la humildad de quien sabe que su tarea ha sido cumplida. El 3 de noviembre de 1995, entró en la "Casa del Padre", dejando tras de sí una Iglesia renovada y un clero especializado. Hoy, sus restos reposan en la Capilla de Nuestra Señora de los Dolores de la Catedral Primada, pero su legado permanece en la estructura de una arquidiócesis que él supo adaptar para el siglo XXI, siempre bajo el lema de la paz y la apertura al hombre de hoy.

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Agudelo Giraldo, G. (2010). Los arzobispos de Bogotá que han marcado nuestra historia, 1564-2010. Bogotá: Ediciones Verdad y Vida.

Escudo Mario Rebollo