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Arzobispo de Bogotá 44

Pedro Rubiano Sáenz

Pedro Rubiano Sáenz 

Arzobispo de Bogotá 44

Arzobispado de Bogotá en República de Colombia 27 diciembre 1994 - 8 julio 2010

Retrato  y escudo arzobispal.  El retrato, en óleo sobre tela, pintado por Justiniano Durán en 2007, forma parte del patrimonio artístico de la Arquidiócesis de Bogotá, conservado en los espacios históricos de la Catedral Primada de Colombia y la Capilla del Sagrario. El escudo arzobispal corresponde a una reconstrucción heráldica digital realizada en 2026 por la Oficina Arquidiocesana de Gestión y Patrimonio Documental, elaborada a partir de publicaciones históricas y repertorios heráldicos sobre la Arquidiócesis de Bogotá disponibles en fuentes secundarias. La reconstrucción busca ofrecer una representación coherente de la identidad heráldica del prelado, en el marco de los criterios de documentación y preservación del patrimonio eclesiástico.

En el Valle del Cauca, allí donde el sol de Cartago dora los cañaduzales, comenzó el 13 de septiembre de 1932 la historia de un hombre destinado a ser el puente entre dos milenios. Pedro Rubiano Sáenz, el niño que alguna vez rifó una gallina para comprar láminas escolares, creció bajo el influjo de dos mundos: la disciplina de un padre liberal y capitán del Ejército, y la ternura de una madre conservadora volcada a la caridad. Esa "mezcla de genética", como él mismo la llamaría, forjó el carácter de quien sería el trigésimo noveno Arzobispo de Bogotá y un Cardenal cuya voz, dulce pero contundente, no temería jamás "alborotar el avispero" nacional.

Su llamado fue tan natural como el cauce de los ríos de su infancia donde aprendió a nadar. Tras una formación que lo llevó de los claustros de Popayán a las aulas de Quebec, Washington y Santiago de Chile, Rubiano se ordenó en 1956. Su ministerio fue una constante siembra de raíces profundas: en Cúcuta, donde fundó centros para deportados; en Cali, donde erigió dieciséis colegios parroquiales en las zonas más humildes de Aguablanca; y finalmente en Bogotá, adonde llegó en 1995 para asumir el báculo primado.

Si algo definió el paso de Rubiano Sáenz por la historia colombiana fue su palabra vertical. En una época de aguas tibias y sombras políticas, él se negó a los términos medios. Su franqueza quedó grabada en el mármol de la memoria nacional con una frase que sacudió los cimientos del poder: "si a uno se le mete a la casa un elefante, tiene que verlo". Con esta metáfora lapidaria, criticó la entrada de dineros del narcotráfico en la campaña presidencial de Ernesto Samper, marcando una posición ética inamovible frente a la corrupción, a la que calificó como el mal que "corroe las entrañas de la sociedad".

No fue la única vez que su báculo fue lanza. Años antes, en Cúcuta, ya había censurado públicamente al presidente Julio César Turbay por comportamientos que consideró una afrenta a la moral. Rubiano no buscaba el aplauso, sino la verdad; prefería ser el "curita entrometido" antes que un pastor ausente ante el dolor de su grey.

A pesar de su firmeza, en su esencia habitaba un hombre sencillo que se definía simplemente como "sacerdote". Su pragmatismo, nacido de una pasión infantil por la carpintería y la mecánica, lo llevó a gestionar la Iglesia con la precisión de un ingeniero. Fue él quien introdujo a la Arquidiócesis de Bogotá en el mundo de la web, quien contestaba correos electrónicos hasta la medianoche y quien modernizó la salud del clero afiliándolos a sistemas de previsión social.

Su gran reto, sin embargo, fue la paz. Convencido de que la reconciliación no son palabras sino hechos, impulsó la  Comisión de Conciliación Nacional y fundó el Instituto Ficonpaz. Para Rubiano, sentarse a hablar de paz con "las armas colgando" era un contrasentido; por ello, exigió siempre gestos concretos, como la liberación de los secuestrados, a quienes consideraba víctimas de un "delito horrendo" que despojaba al hombre de su esencia para convertirlo en mercancía.

En el año 2001, Juan Pablo II lo invistió con la púrpura cardenalicia, reconociendo en él al pastor que supo culminar el VI Sínodo Arquidiocesano y proyectar a la Iglesia hacia el tercer milenio. Rubiano reorganizó la metrópoli eclesiástica, elevando nuevas vicarías y dando vida a las diócesis suburbanas de Fontibón, Engativá y Soacha para llevar el consuelo de la fe a las periferias crecientes.

Incluso ante complots para asesinarlo o críticas por medidas tan prácticas como instalar púas en la Catedral para alejar a las palomas, Rubiano nunca perdió la serenidad ni su "extraño estado de placidez". Su respuesta a los momentos de estrés siempre fue una sonrisa cargada de humor negro: "si no me estuviera riendo, ya le hubiera dado un puño", bromeaba con la humanidad de quien no se siente un "plato de dulce" para todos.

Pedro Rubiano Sáenz, el hombre que bajó al Señor Caído de Monserrate para rezar rosarios multitudinarios en la Plaza de Bolívar, pidió ser recordado no por sus honores ni por su púrpura, sino como "el siervo que hizo lo que tenía que hacer". Su huella permanece en una Iglesia que aprendió a dialogar con la modernidad sin traicionar la rectitud de la doctrina, dejando tras de sí el aroma de un Evangelio que no teme mirar de frente a los elefantes de la historia.

Resumen elaborado por la Oficina de Gestión y Patrimonio Documental Arquidiocesano, basado en el libro de Agudelo Giraldo, G. (2010). Los arzobispos de Bogotá que han marcado nuestra historia, 1564-2010. Bogotá: Ediciones Verdad y Vida.

Escudo Pedro Rubiano Sáenz