Es hermosa la vida si hay amor, es hermosa la vida si llevamos tu presencia y es hermosa la vida cuando te damos gracias. Hoy es un buen día para elevar nuestro corazón a Ti, para darte gracias y alabar tu Santo Nombre por todo lo que hemos recibido en esta semana.
Señor, Tú naciste en el Seno de la Bienaventurada Virgen María. Te alabamos por tu bondad; pero también te pedimos que tú sigas naciendo en nosotros por la fe, en nuestras vidas, en nuestras palabras, en nuestros pensamientos, en nuestras actitudes y en todo lo que hacemos. Y que, desde nuestra plenitud, sepamos compartirte con los que nos rodean, ya que tu perteneces a todos sin distinción.
Hoy al seguir honrando a tu Madre, sentimos la alegría de saber que Ella nos sigue ayudando y protegiendo; que en La Madre celestial encontraremos el verdadero refugio en nuestras dificultades. Gracias por esta semana que terminamos, por el amor con que nos has mirado y la ternura que nos ha acompañado. Te pedimos que nos ayudes a recuperar nuestras fuerzas y sentir tu presencia en nuestras vidas y que tu Palabra crezca en nosotros día a día.
Que, juntamente contigo, podamos dominar nuestra autosuficiencia y aprendamos de ti a revivirlo en nuestros hermanos con gestos de amor: con una mano extendida, un gesto de compasión, una sonrisa de esperanza para los que viven en soledad y tristeza. Dichosos nosotros que escuchando tu Palabra y guardándola en nuestro corazón, a ejemplo de Nuestra Madre, la ponemos en práctica viviendo en caridad y solidaridad como tú nos enseñas. Amén.
Feliz y anhelado descanso ojalá y como siempre decimos: «compartido en familia».
PALABRA DEL PAPA
La palabra de Dios no es «una historieta» para leer, sino una enseñanza que hay que escuchar con el corazón y poner en práctica en la vida diaria. Un compromiso accesible a todos, porque, aunque «nosotros la hemos hecho algo difícil», la vida cristiana es «sencilla, sencilla». En efecto, «escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica» son las únicas dos «condiciones» que Jesús pide a quien quiere seguirlo. (…) Mientras que escuchar la palabra de Dios «es leer» y preguntarse: «¿Qué dice esto a mi corazón? ¿Qué me está diciendo Dios con esta palabra»? En efecto, sólo así «nuestra vida cambia». Y esto se produce «cada vez que abrimos el Evangelio y leemos un pasaje y nos preguntamos: “¿Dios me habla con esto, me dice algo a mí? Y si me dice algo, ¿qué me dice?”». Esto significa «escuchar la palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón, abrir el corazón a la palabra de Dios». Al contrario, «los enemigos de Jesús escuchaban la palabra de Jesús, pero estaban cerca de Él para encontrar un error, para hacerlo tropezar» y hacerle perder «autoridad. Pero no se preguntaban nunca: “¿Qué me dice Dios a mí con esta palabra?”». «Dios no sólo habla a todos, sino también a cada uno de nosotros. El Evangelio se escribió para cada uno de nosotros. (…) El Señor, «siembra siempre su palabra», y a cambio «pide solamente un corazón abierto para escucharla y buena voluntad para ponerla en práctica. Por eso, entonces, que la oración de hoy sea la del salmo: «Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos», es decir, por la senda de tu palabra, para que aprenda con tu guía a ponerla en práctica. (Francisco - Homilía Santa Marta, 23 de septiembre de 2014)
