Como todos los días, hoy tenemos que darte gracias porque despertamos a contemplar un nuevo amanecer en la vida de cada uno; iniciamos nuestra jornada y pareciera que todo fuera la rutina de siempre, pero tú nos regalas una motivación muy especial: el amor. No amor al estilo humano, sino un amor a tu estilo: amor a Dios que va por encima de todo y un amor igual al propio, como es el amor al prójimo. «No hay mandamiento mayor que estos» nos has dicho.
Qué alegría poder compartir el amor como un sentimiento de servicio, de fraternidad y generosidad. Pero en ocasiones el amor no es más que un sentimiento humano y no lo dejamos crecer como sentimiento divino. Para ello es importante comprender y poner en práctico lo que nos dice el Apóstol Pablo: el amor que cree sin reservas, espera sin reservas, soporta sin reservas. Ese es el amor que no pasará jamás.
Cuando aprendemos a amar desde el corazón el amor es más sincero y generoso. Ese es el amor que todos anhelamos para amar al Padre por encima de todas las cosas, para amarte a ti incondicionalmente como tú nos has amado y nos sigues amando y para amar a nuestros hermanos, con sentimientos espirituales. Ayúdanos para que nuestros sentimientos sean de sinceridad y generosidad, de servicio y entrega, porque amando es como podemos seguir el camino que nos señalas. Gracias por el don del amor por enseñarnos a amar como tú nos amas.
Feliz viernes, fin de semana laboral, para todos. Último esfuercito para realizar nuestras actividades con mucho amor y optimismo, porque ya vendrá nuestro descanso en compañía de los que amamos.
LAS PALABRAS DE LOS PAPAS
Podemos preguntarnos, ¿por qué, al dar su asentimiento, el escriba siente la necesidad de repetir las mismas palabras de Jesús? (…) Esta repetición es una enseñanza para todos nosotros que escuchamos. Porque la Palabra del Señor no puede ser recibida como cualquier noticia. La Palabra del Señor hay que repetirla, asumirla, custodiarla. (…) Podemos decir que es tan nutritiva que debe llegar a todos los ámbitos de la vida: implicar, como dice Jesús hoy, todo el corazón, toda el alma, toda la inteligencia, todas las fuerzas (cf. v. 30). (…) Tomemos como ejemplo el Evangelio de hoy: no es suficiente leerlo y comprender que hay que amar a Dios y al prójimo. Es necesario que este mandamiento, que es el “gran mandamiento”, resuene en nosotros, sea asimilado, se convierta en voz de nuestra conciencia. Entonces no se queda en letra muerta, en el cajón del corazón, porque el Espíritu Santo hace brotar en nosotros la semilla de esa Palabra. (…) Tomemos hoy ejemplo de este escriba. Repitamos las palabras de Jesús, hagámoslas resonar en nosotros: «Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas y al prójimo como a mí mismo». Y preguntémonos: ¿orienta realmente mi vida este mandamiento? ¿Se refleja este mandamiento en mi vida diaria? Nos hará bien esta noche, antes de dormirnos, hacer el examen de conciencia sobre esta Palabra, para ver si hoy hemos amado al Señor y hemos dado un poco de bien a los que nos hemos encontrado. Que cada encuentro sea dar un poco de bien, un poco de amor, que viene de esta Palabra. (Francisco - Ángelus, 31 de octubre de 2021)
ORACIÓN
Señor, hoy quiero darte gracias porque para ti el amor a Dios y el amor a los hermanos es un mismo amor. Y esto es exigente, pero grandioso. Si lo que nos realiza en la vida es el amor, si lo que más anhelamos es amar y ser amados, sabemos que siempre que esto lo hacemos con nuestros hermanos es como si se lo hiciéramos a Jesús. Durante todo el día yo puedo tener una cita con Dios en mis hermanos. Amén
REFLEXIÓN Lectio Divina: 13 de marzo de 2026
Un escriba pregunta a Jesús por el mandamiento principal. Esto no nos debe extrañar porque en tiempo de Jesús había 613 mandamientos que se debían cumplir. Un fardo demasiado pesado sobre los hombros de los hombres. Y Jesús lo aligera al resumirlos todos en dos. Y con eso ya les hace un gran favor. Pero lo original de Jesús no está ahí. Estos dos mandamientos, el del amor a Dios y al hombre, estaban separados en el A. T., incluso en libros distintos. El del amor a Dios –el famoso Shemá– está en el libro del Deuteronomio 6, 4-5: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». El otro está en el Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Estos dos mandamientos no sólo estaban separados en los libros, sino en la vida. Uno podía amar al próximo, al que estaba cerca, pero no estaba obligado a amar los de fuera, a los extranjeros. La genialidad de Jesús está en juntarlos. Ya no se podrá decir que uno ama a Dios si no ama al hombre. Son como dos vasos comunicantes: ¿Crece el amor a Dios? Crece también el amor al hermano. Y, al contrario. Lo más maravilloso de todo es que Jesús cumplió los dos mandamientos sin estridencias, como la cosa más normal. Por eso, antes de morir, como su mejor testamento, nos dijo: «Esto os mando: que os améis unos a otros como Yo os he amado».

