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3-jun.-2026, martes de la 9.ª semana del T. O.

la persona humana tiene una necesidad..., un hambre que es mayor que aquella que el pan puede saciar. Es el hambre que posee el corazón humano de la inmensidad de Dios

En este día te podemos dar gracias por tu bondad y gratuidad, por la vida y por el inicio de este día que ponemos en tus manos, con todas las actividades que llevaremos adelante gracias a que nos das salud y deseos de hacer las cosas con voluntad y buenas actitudes. Que el camino a recorrer sea en medio de pétalos de esperanza y si encontramos espinas que no sean de dolor sino de sacrificio agradable. Que podamos vencer los obstáculos ya que vamos tomados de tu mano. Sean en este día, nuestras palabras dulces a los oídos de nuestros hermanos y que nos dirijamos a ellos en abrazos de consuelo y fraternidad. Permite que nuestra oración sea como la de san Carlos Lwanga, en nuestras tribulaciones y dificultades, las cuales te pedimos las podamos superar y valientemente “no dejemos de rezar”.  En el amor y la protección de La Santísima Madre le pedimos a ella su intercesión. Bendícenos, guárdanos y protégenos. Amén.

Haz fructíferas las obras de nuestras manos en este miércoles y condúcenos por caminos de fe y esperanza. 

Palabra del Papa

Si de hecho todo hubiera terminado con su muerte, tendríamos en Él un ejemplo de suprema autonegación, pero esto no podría generar nuestra fe. Él era un héroe. Murió, pero resucitó porque la fe surge de la Resurrección. Aceptar que Cristo está muerto y que murió crucificado no es un acto de fe. Es un hecho histórico. Pero, por otra parte, creer que ha Resucitado, es un acto de fe. Nuestra fe comienza en la mañana de Pascua (papa Francisco, 19 de abril de 2017).

Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios
ORACIÓN 

Señor, hoy me impresionan tus palabras a los saduceos: «¡Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios!» Y no se trata de un error cualquiera sino de un error con gravísimas consecuencias: el de vivir sin esperanza, sin ilusión, sin perspectiva de Resurrección. Señor, también hoy día hay muchos, muchísimos hombres y mujeres de este mundo que están contagiados de este mismo error, incluso entre cristianos. Que la luz de tu Resurrección los ilumine y les haga pensar que nuestro Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-3-de-junio-de-2026

Me llama poderosamente la atención el pensar que aquellos que preguntan a Jesús eran “saduceos”, colaboracionistas con los romanos y que humanamente vivían muy bien. Aquellos que viven muy bien en esta tierra, ¿están capacitados para hacerle preguntas al cielo? Están muy preocupados por la ley del levirato en la que el hermano del esposo fallecido se podía casar con su cuñada para dar hijos al que había muerto y así la hacienda no sufriera quebranto alguno. Y uno se pregunta: ¿Qué interesa más: la hacienda o la persona? Por otra parte, en estos matrimonios con las cuñadas no aparece para nada ni el amor, ni la libertad de esas mujeres. Esto me lleva a dar gracias a Dios por el regalo de Jesús. Para él la verdadera riqueza no es la hacienda sino Dios, “el amigo de la vida”. Jesús nos habla de una vida en plenitud: una vida en amor y libertad, una vida abierta a Dios. Nuestro Dios no es un Dios de muertos. A base de ver que la gente llena las iglesias en los funerales, a base de que la gente sólo acude a Dios cuando ya se ve “con la soga al cuello”, se va creando la conciencia de que a Dios sólo lo necesitamos en las situaciones límites de la vida. Y esto no es verdad. Nuestro Dios es un Dios de vida y quiere que disfrutemos de la vida, y, en sus parábolas, nos invita a ver la vida como “una boda” “como un banquete” “como una gran fiesta”. Y esto como anuncio y un preámbulo.

Nosotros no despreciamos las cosas buenas de la tierra… ni ignoramos la necesidad de pan… pero la persona humana tiene una necesidad que es más profunda, un hambre que es mayor que aquella que el pan puede saciar. Es el hambre que posee el corazón humano de la inmensidad de Dios… (san Juan Pablo II)

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.