En nuestro último día laboral de esta semana solamente tenemos palabras de agradecimiento por lo que nos has regalado en estos días. Hemos podido compartir, servir y amar con un corazón generoso y dispuesto a entregarse totalmente.
Nos disponemos a iniciar el caminar de este día con espíritu de humildad y de sencillez para hacer tu santa voluntad. Hoy nos regalas la memoria de san Pío X, nacido en Riese Italia en 1835 en una familia humilde, que vivió con sencillez y se definía como «un pobre párroco de provincia». Antes de ser papa, recorrió un camino de servicio pastoral y su lema fue: «restaurado todo en Cristo». Promovió la renovación de la liturgia. Impulsó la comunión frecuente, emprendió la reforma del derecho canónico, fortaleciendo la vida y la disciplina de la iglesia. Defendió con firmeza la integridad de la fe. Murió el 20 de agosto de 1914. Las enseñanzas de san Pío X nos llevan a reflexionar sobre la esperanza y la fe al ver en estos y cómo el amor de Dios llena de vida estos huesos secos en la profecía de Ezequiel.
Hoy podemos exclamar con el salmo 106: «gracias al señor, porque es eterna su misericordia». Ahora salimos a nuestras actividades para poder cumplir el mandamiento principal de la ley: amaremos al Señor, nuestro Dios, con todo nuestro corazón y nuestra mente y amaremos y serviremos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Por esta lección de amor desinteresado y generoso, te damos gracias, te alabamos, te bendecimos y te glorificamos.
Un muy feliz y anhelado viernes de fin de semana.
PALABRA DEL PAPA
La unión filial de Jesús con el Padre se expresa en el amor, que Él ha constituido además en mandamiento principal del Evangelio: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento» (Mt 22, 37 s.). Como sabéis, a este mandamiento Jesús une un segundo «semejante al primero»: el del amor al prójimo (cf. Mt 22, 39). Y Él se propone como ejemplo de este amor: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). Jesús enseña y entrega a sus seguidores un amor ejemplarizado en el modelo de su amor. A este amor se pueden aplicar ciertamente las cualidades de la caridad, enumeradas por San Pablo: «La caridad es paciente..., benigna..., no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe..., no busca su interés..., no toma en cuenta el mal..., se alegra con la verdad... Todo lo excusa..., todo lo soporta» (1 Cor 13, 4-7). Cuando, en su carta, el Apóstol presentaba a los destinatarios de Corinto esta imagen de la caridad evangélica, su mente y su corazón estaban impregnados por el pensamiento del amor de Cristo, hacia el cual deseaba orientar la vida de las comunidades cristianas, de tal modo que su himno de la caridad puede considerarse un comentario al precepto de amarse según el modelo de Cristo Amor (como dirá, muchos siglos más tarde, santa Catalina de Siena): «(como) yo os he amado» (Jn 13, 34). (san Juan Pablo II, Audiencia general, 31 agosto 1988)
