Qué grato despertar y lindo amanecer en el que contemplamos las maravillas de tu amor en la creación que tuvo bondadosamente nos regalas. Miramos hacia el cielo y el clarear de este día nos abre un cielo azul y lleno de fe y esperanza. Bello día para honrar a nuestra bienaventurada madre del cielo en este día en el que te honramos como la reina del cielo. Esta fiesta paralela a la de Cristo rey nos motiva a sentir la gracia de tenerte como madre de la bondad y de la ternura, a destacarte como madre del cuerpo místico; augusta soberana, reina, del cielo y de la tierra. No podía ser de otra manera: honrada como madre de misericordia de amor y ternura.
Gracias, Madre, por todo lo que nos concedes en tu intercesión ante tu hijo, nuestro hermano mayor. Guárdanos en tu santo regazo y protégenos con tu manto sagrado. Un muy feliz y mariano fin de semana.
PALABRA DEL PAPA
«Para Dios nada hay imposible...» (Lc 1, 37). La Iglesia, en la liturgia de hoy, recurre a estas palabras, queriendo honrar el misterio de la Inmaculada Concepción de María. Recurre a las palabras de la Anunciación, a las palabras de Gabriel, cuyo nombre quiere decir: "Mi potencia es Dios". (…) Únicamente con esa omnipotencia que ama, únicamente con la infinita potencia del amor se puede explicar el hecho de que Dios-Verbo, Dios-Hijo se hace hombre. Sólo con la omnipotencia que ama, sólo con la inescrutable potencia del amor de Dios se puede explicar el hecho de que la Virgen —hija de padres humanos y de generaciones humanas— se convierta en la Madre de Dios. Y, sin embargo, este hecho era incomprensible para Ella misma: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). Pero ¡«para Dios nada hay imposible»! (…) Puesto que la omnipotencia del Eterno Padre y la infinita potencia de amor que actúa con la fuerza del Espíritu Santo hacen que el Hijo de Dios se convierta en hombre en el seno de la Virgen de Nazaret, entonces la misma potencia en previsión de los méritos del Redentor, preserva a su Madre de la herencia del pecado original. (…) ¡«para Dios nada hay imposible»! (San Juan Pablo II - Homilía de la Santa Misa del 8 de diciembre de 1981)
Oración Tradicional a María Reina
Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el reino de los cielos. Reina dignísima del mundo, María Virgen perpetua, intercede por nuestra paz y salud, tú que engendraste a Cristo Señor, Salvador de todos. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
ORACIÓN
Señor, hoy en mi oración sólo te pido una cosa: que llegue a comprender tu mensaje, el proyecto del Padre sobre la humanidad, que llegue a descubrir aquello que más le agrada al Padre: el vernos unidos; y también lo que más le duele: el que rompamos esa unidad. Amén.
Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-22-de-agosto-de-2026
Las palabras duras de este capítulo de Mateo obedecen a una situación histórica concreta: la Iglesia cristiana ha roto definitivamente con la sinagoga judía. Los seguidores de Jesús deben ser fieles a Jesús y no a los jefes de las sinagogas, a quienes les gustan los halagos de la gente, los primeros puestos en los banquetes, que la gente les salude como “maestros” por las calles… Y, lo peor de todo es que sean incoherentes: «dicen, pero no hacen»; «ponen cargas pesadas a la gente y ellos ni levantan un dedo para moverlas». La Iglesia de Jesús debe tener otro estilo, otro talante, otra manera de ver las cosas. A Jesús no le gusta que a cualquiera de los humanos le llamemos “padre”. Hay peligro de confundirlo con el único y verdadero Padre que es Dios; padre cariñoso y lleno de ternura y misericordia. Tampoco quiere que a nadie se le llame “maestro”. Entre cristianos el único Maestro es Jesús, un maestro de vida. Todos los demás, incluidos los apóstoles, somos “discípulos”, es decir, personas que siempre estamos aprendiendo de Jesús. Y menos quiere Jesús que se le dé a nadie el título de “señor” porque uno sólo es el Señor, el que ha muerto y ha resucitado por nosotros. Está claro el pensamiento de Jesús: “todos vosotros sois hermanos”. Ahora bien, las diferencias, los títulos, los honores, las preferencias son un obstáculo para la auténtica fraternidad. «El mundo propone imponerse a toda costa, competir, hacerse valer… Pero los cristianos, por la gracia de Cristo muerto y resucitado, son los brotes de otra humanidad, en la cual tratamos de vivir al servicio de los demás, de no ser altivos, sino disponibles y respetuosos. Esto no es debilidad, sino autentica fuerza. Quien lleva en sí el poder de Dios, de su amor y su justicia, no necesita usar violencia, sino que habla y actúa con la fuerza de la verdad, de la belleza y del amor». (Cf Homilía de S.S. Francisco, 5 de abril de 2015).
