Una semana más que termina para de nosotros y el final de nuestro segundo mes del año, quizás es el momento para reflexionar todo lo que hemos recibido de tus manos, Señor, por los momentos vividos y compartidos, momentos de felicidad, pero también momentos difíciles, pero que vamos superando gracias a tu presencia.
Hoy nos regalas tu palabra para saber cuál es el camino que hemos de seguir. Eres, el nuevo Moisés, que subes al monte de la Bienaventuranzas y te sientas para proclamar la nueva ley que ha de marcar la vida de los que formamos el pueblo de la Nueva Alianza. El modelo eres tú mismo en tu forma de actuar con nosotros, malos y buenos. Estás haciendo entender las actitudes concretas que se derivan del mandamiento nuevo de amor. Estamos llamados a hacer de lo que nos parece extraordinario, lo ordinario que marque nuestra vida y nuestras relaciones con nuestros hermanos.
Seguirte y ser tus discípulos, significa querer vivir en una comunidad abierta a todos y comprometida con una mayor exigencia: amar y servir; así como Moisés, cumplir los mandamientos con todo el corazón y con toda el alma, siguiendo tu voluntad en estas lindas palabras: «sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Gracias, señor, por este mes que termina y por la palabra que recibimos en este tiempo. Permítenos seguir haciendo tu voluntad y la del Padre celestial para que la perfección que quieres de cada uno de nosotros se enmarcada en el servicio, la entrega y la fidelidad. Te bendecimos, te adoramos y te glorificamos. Amén.
Muy feliz y bendecido fin de semana. Bendiciones abundantes.
Meditación del Papa Francisco
Jesús nos dice dos cosas: primero, mirar al Padre. Nuestro Padre es Dios: hace salir el sol sobre malos y buenos; hace llover sobre justos e injustos. Su amor es para todos. Y Jesús concluye con este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”.
Por lo tanto, la indicación de Jesús consiste en imitar al Padre en la perfección del amor. Él perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarles. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos, cuando entre los discípulos se pensaba en la venganza.
Jesús nos pide amar a los enemigos. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos. La oración hace milagros; y esto vale no sólo cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna antipatía, alguna pequeña enemistad.
Es cierto: el amor a los enemigos nos empobrece, nos hace pobres, como Jesús, quien, cuando vino, se abajó hasta hacerse pobre. Tal vez no es un «buen negocio, o al menos no lo es según la lógica del mundo. Sin embargo, es el camino que recorrió Dios, el camino que recorrió Jesús hasta conquistarnos la gracia que nos ha hecho ricos. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 21 de junio de 2013, en Santa Marta).
ORACIÓN
Señor, hoy te necesito más que nunca. Lo que me dices en el Evangelio de hoy es para mí “un duro hueso de roer”. Me pides no sólo que perdone a mis enemigos, sino que los ame y rece por ellos. ¿No es esto algo sumamente rudo? Yo sé que por mis propias fuerzas no puedo cumplirlo. Te pido que me ayudes, que me des tu gracia, que me eches no una mano sino las dos. Sé que sin Ti no puedo hacer nada.
Padre, envía tu Espíritu de amor y perdona mis pecados, purifícame, sáname, restáurame, renuévame con la sangre redentora de tu Hijo; ayúdame a tener un corazón como el suyo, humilde, generoso, capaz de perdonar; arranca de mí el corazón de piedra y dame un corazón de carne.
REFLEXIÓN (¿Qué nos dice Dios en el texto? 🤔https://www.cristonautas.com/evangelio-del-dia-lectio-divina-mateo-5-43…)
Amar a los enemigos. En el Evangelio de hoy, Jesús cita la antigua ley que decía: «Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo». Este texto no se encuentra tal cual en el Antiguo Testamento. Se trata más bien de una mentalidad reinante, según la cual la gente no veía ningún problema en que una persona odiara a su enemigo. Jesús no está de acuerdo y dice: «Pero yo les digo amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan». Y expone la motivación: «Pues, si aman a los que los aman, ¿qué recompensa van a tener? Los cobradores de impuestos ¿no hacen eso mismo? Y si no saludan más que a sus hermanos, ¿qué hacen de particular? ¿No hacen eso mismo los gentiles? Ustedes, pues, sean perfectos como es perfecto el Padre celestial». Jesús nos lo muestra. En la hora de ser crucificado observó aquello que enseñó.
Con el Evangelio aprendemos a reconocer y a amar a las personas y a los pueblos, así como Dios los reconoce y los ama: esa es una novedad que ignora el mundo y que todavía le cuesta aceptar tanto a los que tienen alguna religión como a los que no la tienen. Solo cuando se llega a comprender que cada persona tiene su lugar en este mundo y que Dios dirige todo para el bien de todos, entonces vemos como Dios y somos perfectos como el Padre es perfecto. El amor de Dios es para TODOS, por eso nos llama a la santidad: «Sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo». Jesús no pide solamente multiplicar obras buenas, como el perdón o la generosidad, que merecerían un premio de Dios. Cada uno de sus preceptos lleva a una transformación personal y, por ende, comunitaria; a una superación de la mezquindad, del temor, de los prejuicios paralizantes. Amar a los enemigos. ¿Será que soy capaz de amar a mis enemigos?

