Último día de nuestro primer mes de este año y motivo para agradecerte por el don de la vida que nace para nosotros. Dia para proclamar las grandezas de tu amor. Gracias, Señor, por este mes que culmina para cada uno de nosotros y que hemos recibido con optimismo y esperanza y los deseos que nuestras ilusiones sean realidad en nuestro diario vivir.
Hoy nos enseñas que nosotros podemos pasar por situaciones turbulentas, pero debemos saber que Tú estás presente y por eso no pueden contra ti las fuerzas descontroladas del mal. Cuando clamemos a ti en las tempestades de la vida, danos la certeza de que tú te preocupas y que estás con nosotros, incluso cuando nos parece que estás ausente y silencioso.
Que nuestra fe permanezca tranquila y firme y que se haga más profunda en cada prueba y tribulación. Guárdanos creyendo que las olas te obedecen y que bajo tu mando los poderes del mal no pueden hacernos daño.
Perdona las veces en que como David hemos sido egoístas y hemos querido tomar lo que no es nuestro, en que no nos damos cuenta el mal que podemos causar. Hoy llenamos nuestros corazones de tu presencia y sabemos que allí estarás Señor y nada nos podrá hacer daño, por más tormentas, por más huracanes, por más olas que nos quieran llegar.
Tú nos llamas a nosotros, que en ocasiones somos gente de poca fe, a remar mar adentro y dejar atrás nuestras seguridades y confiar sólo en ti; has restaurado nuestras fuerzas para permanecer firmes y fieles cuando las olas y los vientos del temor amenacen envolvernos y arrastrarnos a la deriva perdiendo el rumbo. Guárdanos a todos, firmes y confiados, con la seguridad de que tú estarás con nosotros. Que tengamos esa seguridad en aquellas palabras que nos diriges: «Yo estoy con ustedes. No teman. Enfrenten la vida y los problemas. Confíen en mí».
Hoy sea un buen día para descansar, pensar y dar gracias. Feliz y confiado sábado y muy feliz fin de semana y fin de mes. Bendiciones.
PALABRA DEL PAPA
Los discípulos de Jesús están cruzando el lago y se ven sorprendidos por una tormenta. Creen que podrán salir adelante con la fuerza de sus brazos, con los recursos de su experiencia, pero la barca comienza a llenarse de agua y les entra el pánico (cfr. Mc 4,35-41). No se dan cuenta de que tienen ante sus ojos la solución: Jesús está allí con ellos, en la barca, en medio de la tormenta, y Jesús duerme, dice el Evangelio. Cuando por fin lo despiertan, asustados e incluso enfadados porque creen que Él les deja morir, Jesús les reprende: "¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe?" (Mc 4,40). He aquí, pues, el gran enemigo de la fe: no es la inteligencia, no es la razón, como por desgracia algunos siguen repitiendo obsesivamente, sino que el gran enemigo de la fe es el miedo. Por eso, la fe es el primer don que hay que acoger en la vida cristiana: un don que es preciso acoger y pedir cada día, para que se renueve en nosotros. Aparentemente es un don pequeño, pero es el esencial. (…) Jesús podría reprendernos con frecuencia, como a sus discípulos, por ser "hombres de poca fe". Pero es el don más feliz, la única virtud que nos está permitido envidiar. Porque quien tiene fe está habitado por una fuerza que no es sólo humana; en efecto, la fe "suscita" en nosotros la gracia y abre la mente al misterio de Dios. (Francisco - Audiencia general, 1° de mayo de 2024)
ORACIÓN
Jesús, Tú conoces las aguas turbias que hoy atravieso y los miedos que, a veces, amenazan con desbordar mi confianza. Sin embargo, el amanecer me recuerda que sigues presente en la barca de mi vida, incluso cuando el cansancio me hace pensar que duermes. Amén.
Reflexión del evangelio (P. Luis Alberto Tirado Becerril, misionero del Espíritu Santo)
‘Se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca. Jesús dormía en la popa. Lo despertaron y le dijeron: ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’’ La vida es maravillosa, sobre todo cuando se ha encontrado a Cristo pues Él va ordenando cada dimensión y relación, Él va enseñándonos a amar mientras nos va comunicando su amor.
A pesar de todo, la existencia humana es frágil y vulnerable, pues el pecado con el que volvemos a pactar continuamente nosotros o los demás, continúa afectándonos directa o indirectamente, continúa sembrando dolor y muerte, alejándonos de esa vida, de ese amor eterno e incondicional.
En efecto, también nosotros seguimos pasando por tormentas provocadas por la fragilidad y pecados nuestros o de aquellos que nos rodean: tormentas familiares, personales o sociales; tormentas en el trabajo o en la identidad personal; tormentas por el rechazo de nosotros mismos o de los demás; tormentas en el amor y la enfermedad; tormentas en nuestros afectos y emociones y en nuestras propias y pobres decisiones; tormentas en nuestra libertad por tantas esclavitudes.
También nosotros pasamos por noches obscuras, por valles de lágrimas, por desiertos áridos y soledades abrumadoras; también nosotros experimentamos cómo los vientos se desatan y nos tambalean y cómo las olas se estrellan en nuestra barca. El problema es que tantas veces se nos olvida que estamos en las manos amorosas del Padre y que, si hemos invitado a Cristo a nuestra barca, Él va con nosotros y jamás permitirá que nos hundamos, mientras no lo echemos por la borda.
Los apóstoles también iban con Cristo y Cristo iba con ellos, pero la tormenta los llenó de miedo, la obscuridad les impedía ver y pensar con claridad y las embestidas del viento y de las olas turbaron su paz y menguaron su fe. Desviaron su mirada, se concentraron solo en la tormenta, se olvidaron de quién era Jesús y de lo que era capaz de hacer.
Pero Cristo iba con ellos y Él es la luz en la obscuridad, el consuelo en el llanto, el oasis en los desiertos y la paz en las tormentas; porque solo Él tiene poder para aplacar las embestidas del mundo y para ayudarnos a cruzar el mar de la vida hasta llegar a la otra orilla, hasta llegar al cielo mismo.
Pregunta:
¿En qué áreas de mi vida siento que Jesús "duerme" mientras yo lucho con una gran tormenta?
