Van pasando apresuradamente los días y esto nos da pie para reflexionar en tu palabra y lo que nos regalas en el testimonio de los santos, especialmente cuando recordamos a san Luis Bertrán nacido en Valencia España en 1526 de familia, acomodada y muy virtuosa. Desde niño se inclinó por una vida de oración y penitencia; dejó su hogar y se retiró cerca de Bruñol; a los 20 años, ingresó en la orden de predicadores. En 1562 viajó a Colombia y se dedicó a la catequesis, la evangelización y la construcción de iglesias. Su celo y caridad le ganó el afecto de los indígenas, que acudían a él de todas partes y siempre lo acompañaban. En 1570 regresó a España donde continuó su labor apostólica y murió en 1581.
Ahora, Señor, danos el don del discernimiento para acoger tu palabra y llevarla a lo práctico de nuestra vida diaria. Algunos no quieren reconocer el bien que tú realizas y te acusan injustamente al verte liberar a una persona del mal. Pero tú les respondes con claridad: «un reino dividido no puede sostenerse». Y les recuerdas que cuando liberas a alguien el Reino de Dios ya está actuando.
Tú no vienes a condenarnos, sino a liberarnos y a devolvernos la paz. Hoy también nos dejas una advertencia: no basta con apartar el mal; hay que llenar la vida de amor y de servicio. Una casa limpia y vacía queda expuesta a que vuelva aquello de lo que se había liberado. De la misma manera, el corazón necesita estar lleno de Dios: de oración, de su Palabra, de perdón, de buenas obras y de compañía que nos ayude a caminar en la fe.
Por eso, no nos quedemos solamente en decir: “Quiero cambiar”. Demos pasos concretos y mantengamos el corazón cerca del Señor. Cuando llegue la tentación o el desánimo, pidámosle ayuda a Jesús. Él es el más fuerte y puede sostenernos.
Que hoy podamos preguntarnos: ¿qué necesito dejar atrás y con qué quiero llenar mi corazón? Pidámosle al Señor que habite en nosotros y nos ayude a elegir el bien cada día. Amén.
Un muy feliz viernes colocados en las manos del Señor.
Las palabras de los Papas
Pero el verdadero problema, que tantas veces olvidamos, es que la conversión no sólo nos hace caer en la cuenta del mal para hacernos elegir el bien, sino que al mismo tiempo impulsa al mal a evolucionar, a volverse cada vez más insidioso, a enmascararse de manera nueva para que nos cueste reconocerlo. Es una verdadera lucha. El tentador vuelve siempre, y vuelve disfrazado. (…) En este sentido, una de las virtudes más útiles que se ha de practicar es la de la vigilancia. Jesús describe la necesidad de esta atención sobre nosotros mismos y sobre la Iglesia (…) por medio de un ejemplo eficaz: «Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: ‘Volveré a mi casa, de donde salí’. Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio» (Lc 11,24-26). Nuestra primera conversión conlleva un cierto orden: el mal que hemos reconocido y tratado de extirpar de nuestra vida, efectivamente se aleja de nosotros; pero es ingenuo pensar que permanezca alejado por largo tiempo. En realidad, poco después se nos vuelve a presentar bajo una nueva apariencia. Si antes aparecía vulgar y violento, ahora en cambio se comporta de manera más elegante y educada. Entonces necesitamos reconocerlo y desenmascararlo una vez más. Permítanme la expresión: son los “demonios educados”, entran con educación, sin que uno se dé cuenta. Sólo la práctica cotidiana del examen de conciencia puede hacer que nos demos cuenta. Por eso se ve la importancia del examen de conciencia, para vigilar la casa. (Francisco – Discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 2022)
